Freud no era más que un viejo senil



Me enamoré de una chica morena. De ella me gustaba todo. Su cabello largo y ondulado, como las olas del mar; sus ojos redondos como avellanas, su piel infinita y esas piernas tan misteriosas y peligrosas como las dunas del Sahara.

Fue un error amarla, porque un tipo de hombre como yo no tiene oportunidad frente a mujeres como ella. Me falta coraje y me sobra rutina. A mi favor tengo 1.74 centímetros de puro rock ‘n’ roll y pastillas para dormir, pero eso nunca será suficiente para ser de la misma estatura de alguien que puede, con tranquilidad, enmarcar su foto del pasaporte.

Por su culpa me dediqué a escribir. Allí estoy a salvo, tengo menos acné, hablo fluidamente de política y de sistemas económicos mundiales. Cuando escribo no tengo tanta grasa acumulada alrededor del vientre y soy capaz de liberar los tigres del zoológico de Nueva York.

Pero ella es peligrosa. Hace que el fútbol no sea más que un circo de idiotez y que el esmalte de uñas sea tema de un libro de 500 páginas. Es ese tipo de personas que de seguro puede bailar tango como si hubiera nacido en Buenos Aires y que pueden leer a Heidegger de una sola sentada.

En fin, ella es alguien con estrella, una de esos pocos que nacieron en el lado bueno del mundo. Alguien que te puede tener amarrado en la punta de su índice y llevarte a todo lugar. Alguien inmune al olvido y a los escritores de mala reputación.

Pero, no yo. Soy un gato vagabundo con mil tejados que andar. Un perro sin correa ni placa. Cargué muchas maletas de niño y siempre fui malo para elegir un buen champú.

Mi amor es de un corazón cobarde. Que pide mucho y entrega poco. Sólo quiero que ella muera por mí, que despertemos juntos y colar café para desayunar. Pero, las chicas morenas no hacen mercado los domingos ni planchan camisas. No. Ellas inspiran poemas, se acuestan tarde los viernes y pueden enloquecer a 200 hombres sin llegar a besar a ninguno.

Por eso me quedo entre mis páginas en blanco. Ese es mi mundo y allí soy el maldito rey. Ninguna morena con ojos de avellana y senos como toronjas puede joderme. Escribiendo soy un pirata y asalto barcos. Me llevo mis botines a la Isla del Cuello Cortado. Pero, la verdad es que ella es una reina de Senegal y yo sólo un marinero ladrón.

En el mundo real tengo poco que ofrecer. Un par de jeans rotos, una envidiable colección de cd’s de Led Zeppelin y unos cuantos trucos de vudú, al mejor estilo de Nueva Orleans. Eso es todo. Además, soy un tipo de necesidades modestas: mi arte y mi sustento. No hay lujos aquí. Así que conmigo las cosas se mantienen básicas.

Y ella ya no está. Supe que se mudó a Montreal hace unas semanas. Alguien me dijo que estaba cansada de poetas de a peso y del incremento demente en el precio de los buses. Dijo algo sobre mejorar sus ingresos y se largó. Bien por ella.

Este sitio no es para alguien así, tan capaz de hacer el mundo chiquito con sólo batir su cabello perfumado. Supongo que quienes saben escoger bien su champú la tiene hecha en Montreal y los que no, pues bueno, tenemos miles de hojas en blanco para insultar a Freud.

10-15 en noche de sábado



Todo lo que se oía era 10-15 en noche de sábado y luego el drip, drip, drip de las gotas de lluvia cayendo sobre el pavimento. La noche olía a humo de cigarrillo y, de pronto, un poquito a café negro, aún sin colar.

El drip, drip, drip de las gotas rompía la noche, roja por la luz del farol. Debajo de él una puta suspiraba. Hacía calor porque la lluvia era caliente. La noche roja y la puta roja, también.

Me dijo “soy Roxanne y ando buscando un tipo de buen corazón que me lleve a ver a mis hijos a París”. Le dije que yo no era ese, que París estaba al otro lado del mundo y que solamente quería cerrar los ojos y escuchar las gotas de lluvia y 10-15 en noche de sábado.

Un gato gris me ofreció un trago de vodka y me dijo: “Tenga cuidado, amigo, hay un león suelto por ahí. Dicen que tiene hambre, pero como aquí no hay nada que comer, de pronto se lo come a usted”, y se marchó. Creo que iba cantando algo sobre el socialismo.

La puta se sacó un paquete de cigarrillos del escote. Mientras buscaba el encendedor en su bolso de cuero de cocodrilo recitaba un poema de William Blake. Primero bajito, como susurrándole a alguien a su lado. Luego más fuerte y más y más fuerte.

Yo la miraba mientras me bebía el vodka que me había pasado el gato gris. Gatos borrachos. Qué locura. La puta gritaba y gritaba a Blake. Abría los brazos y giraba y las gotas de lluvia caían sobre ella. La patrulla repetía 10-15 en noche de sábado.

Se ponía a llorar con Blake en la garganta. Luego se reía y giraba, con los brazos abiertos. 10-15 en la noche de sábado que olía a cigarrillo y a café negro aún sin colar. Un trago de vodka, la noche roja. Leones hambrientos y putas poetizas.

Yo no tenía a dónde ir. La ciudad y yo allí parado, escuchando a Roxanne, queriendo llevarla a París, queriendo pedirle un poco de su cigarrillo. Queriendo respirar un poco de su poema.

Pero no hice nada. No tenía a dónde ir. El león con hambre y sin qué comer, el faro, la luz roja, la esquina. Un vodka para los muertos, un vodka por los muertos. De nuevo el gato borracho. Me ofreció un paseo por los tejados y le dije que no. Se fue cantando algo sobre el socialismo.

¿Qué decía ese cartel? Algo sobre el Rock ‘n’ Roll. Algo sobre largarnos de allí. Quería un cigarrillo, pero todos estabamos muertos ya y 10-15 en noche de sábado.

La balada de Alice y una copa de bourbom



Me pasé la noche bebiendo de una copa rota. Bourbon de la mejor calidad. No podía creer que ese lugar de mala muerte hubiese un trago tan bueno. Ni siquiera había moscas en ese apestoso sitio. Lo encontré en el último maldito rincón de la ciudad.

Estaba demasiado ebrio como para irme. Además, no estaba seguro de a dónde había dejado mi carro. Le pedí al mesero otro vaso lleno de lo mismo. Me miró como diciéndome: “no te serviré más, mugroso borracho”.

Le sostuve la mirada por un par de segundos. "Dame una excusa para partirte el culo, desgraciado", pensé. No me dijo nada y empezó a servirme. Le pedí que dejara la botella.

El barsucho aquél parecía un saloon del viejo oeste. Sucias mesas de madera, con ceniceros llenos de viejas colillas y escupitajos. Yo estaba sentado en la barra. El mesero era un tipejo flaco, de cabello largo y una barba ridícula. Como la del coronel de Kentucky Fried Chicken. Calculé que debería tener unos 55 años. Y que llevaba 40 sirviendo tragos allí.

Le di un buen sorbo a mi bourbon. Carajo, qué buen trago. Me metí la mano al bolsillo izquierdo del pantalón. Siempre guardaba mis cigarrillos allí. Pero no estaban. En la mañana, antes de que se rompiera la tubería del baño, me había fumado el último. Putas cañerías, sólo los plomeros se interesan en ellas y yo no era uno, así que ahora mi casa era una pecera. Una en la que este pez no siente deseos de nadar.

Mierda, de verdad necesitaba algo de humo. No podía desperdiciar ese whisky. La última vez que bebí uno tan bueno fue en Singapur. Viajé en un barco de carga hasta allá. Trabajaba transportando basura a bordo de 25 metros de chatarra flotante. En aquella ocasión llevábamos dos toneladas de bananos colombianos a un tipo quería darle una fiesta sorpresa a una gorila que había traído desde África. Maldito loco. Quiero decir, he hecho cosas estúpidas en mi vida, pero ¿pasar vacaciones en África?

En el fondo del antro vi a una chica fumando. Esos cigarrillos eran de la marca que me gusta. Bien, nunca fui bueno hablando con mujeres en bares, pero estaba lo bastante borracho como para hacer una excepción. Y, sí que necesitaba una buena calada.

Cuando me paré del asiento casi me parto la cabeza. Me acerqué a la mujer dando tumbos. Todo se iba complicando con cada paso que avanzaba. Era de verdad bonita. Tenía el cabello ondulado y amarillo. Llevaba una blusa oscura con un profundo escote. Creo que Pamela Anderson podría haber sentido envidia. La mesa le ocultaba las piernas, pero estoy seguro de que habría dado mi brazo derecho por meterme entre ellas.

Fumaba despacio. Por un segundo me pareció estar viendo a una de esas mujeres que salían en las películas de detectives de lo años 30. Excepto que yo no era Humphrey Bogart y ella no sería ningún problema para mí, sólo quería un cigarrillo y regresaría a mi bourbon.

Llegué hasta su mesa sin caerme o vomitar. “Hola, pequeña”, le dije. “¿Acaso tienes otro de esos bebés que me obsequies?” Le señalé la cajetilla que tenía junto al vaso. Creo que estaba tomando vodka tonic. “Sí, desde luego”, me dijo. “Pero, dime algo...¿sabes el nombre de esa canción?”.

Carajo ¿había música? “No tengo ni idea”, respondí. Me miró directo a los ojos. Tenía una mirada bonita, de esas que te encoge el corazón, pero no sabes si es porque te está viendo directo al alma o porque, en realidad, no te está mirando a ti.

“¿De verdad no lo sabes?”, insistió. “Mira linda, sólo quiero un cigarrillo para acompañar mi whiskey. No me interesa quién carajos es ese sujeto, ni tampoco qué dice”, me tambaleaba mientras le decía eso.

“Es Tom Waits. La canción se llama Alice y la escribió para mí”. Enseguida me pasó la cajetilla de cigarrillos. Aplastó el que se estaba fumando en su vaso de vodka tonic, se puso de pie y salió del bar sin decir nada más.

Por un segundo quise correr tras ella y pedirle perdón por ser un jodido ignorante. Las piernas no me respondieron y tuve que sentarme

Le grité al mesero que me llevara la botella hasta esa mesa y que le pusiera volumen a la canción. Me lanzó una mirada de odio desde la barra. Malditos meseros, no tienen una puta idea de música ni de mujeres. Era Alice de Tom Waits, una canción para ella. La balada justa para una copa de bourbon.

Sobre excusas y oportunidades mientras se acaba el tiempo


In Memoriam: Diego Joan Gómez

Cuando alguien se va de casa, y te quedas solo, debes vender algunos muebles para pagar la renta o para que no te corten el agua. Cuando un amigo muere encuentras excusas. Puedes ahogarte en alcohol todo el día, faltar a tu trabajo y dejar de bañarte por un par de semanas.

Pero, nada de eso cura el dolor. A veces lo que verdaderamente funciona es o hacer llorar a un payaso o embarazar a la mamá de alguno de los viejos profesores de biología.

Sin embargo, nada supera lanzarse frente a un auto en movimiento. Quedar desparramado por una transitada autopista sí que debe ser una buena terapia para aceptar la muerte.

De cualquier forma tu hora final está cerca. En este momento, en siete esquinas diferentes debe haber algún tipo cargando un revólver. Eso son siete balas con tu nombre en ellas. Tarde o temprano, caminando por ahí, doblarás en una de esas esquinas.

Cuando un amigo muere el dolor te pasma. La lengua se duerme y hacerse la paja parece un pecado. Pero, también encuentras oportunidades. Puedes elegir actuar como un cachorro perdido para que aquella chica de la oficina, con las piernas tan largas como las carreteras del desierto, sienta deseos de cuidarte.

Se trata de voltear las cosas para tu maldita conveniencia. Si te dan limones, busca tequila. Si a tu amigo lo agujerean en la calle, sacude a alguna hermosa nena que sienta compasión por ti.

De cualquier forma, eres el siguiente en la lista para ser borrado. El dolor te pudre y aceptarlo como tal es venenoso, produce gangrena y duele en el pecho. Cuando un amigo muere la respuesta está en irse de parranda, en beber hasta que el carro de la basura te recoja del andén. Así se lidia con la tristeza: buscando excusas y aprovechando oportunidades.

Cuando alguien se va así, de repente, arrancado, pocas cosas valen la pena. En ese momento la religión es mierda de bebé, la fe es igual al corazón de una puta que cobre $2.000 por una mamada: insignificante. Solamente alguien esperando por ti en casa con una botella de whisky barato te puede sacar del fondo.

Pero, hay ocasiones en las que el hoyo es demasiado profundo. Ni las lágrimas de payaso ni una membresía en todos los bares del país sirven para algo. Llegan días en los que todos te quieren convencer de que lo que ocurre allá afuera está justificado. Hay quienes aseguran que la muerte tiene una razón valedera.

No mienten. Pero sólo quien muere entiende esas razones. Tú te quedas aquí, buscando formas en las nubes, contando grietas en las paredes, rompiéndote el cerebro y el corazón para comprender. Aunque, tranquilo, ya cruzarás alguna de las esquinas donde te esperan.

Carta a una desconocida


A veces me gusta pensar que soy un gato sin dueño que se escapa a beber vodka por los tejados y a mirar la ciudad por la noche. Tal vez alguna vez podrías acompañarme. Nos podríamos sentar por ahí y hablar de fantasmas o de películas hasta que salga el sol y podamos ir por más vodka.

Estoy seguro de que no crees que eso sea una buena idea. No importa, de cualquier manera no soy una buena compañía. A veces estoy demasiado triste y se me escapan historias de cuando todo era más fácil y todos mis cuentos tenían un final feliz.

Además, sé que no soy Mickey Rourke en Nueve Semanas y Media. Sin embargo, el día que quieras podemos sentarnos con una bolsa llena de cassettes mal grabados, unos cuantos cigarrillos, mentas y un libro que te guste, para que tengamos un buen tema de conversación.

Estoy seguro de que podríamos pasar semanas viviendo así: sólo los dos oyendo viejas canciones de Rolling Stones, mientras te muestro fotos de mi abuelo. Tienes que conocerlo. Ese tipo sí que vale la pena. Nunca conocí a nadie que pudiese comer tantos chocolates seguidos sin indigestarse y saber de memoria la historia del Soldadito de Plomo, donde el protagonista no muere.

Así que, piénsalo. Podrías pasar un par de buenas horas junto a mí, los recuerdos de mi abuelo y el dinero que me ha ganado jugando al billar. Prometo no contar chistes, hablar moderadamente y guardarme un par de secretos.

Un mundo mejor


Dillinger murió a tiempo. Ya había jodido el mundo lo suficiente con sus balas y esa sonrisa de un millón de dólares. Marvin Gaye murió justo a tiempo. Ya habían suficientes canciones de amor como para re poblar toda África. Kurt Cobain murió justo a tiempo. Ya su angustia había provocado tantos suicidios como para hacer que Marvin Gaye dejara de cantar.

La verdad de las cosas

No vale la pena caminar cuatro kilómetros hasta el trabajo, soportar tres meses de lluvia y buses atestados. No vale la pena estar sentado 40 años por una pensión de mierda y tumores en las bolas. No vale la pena ganarse la vida apostando al billar o en el hipódromo. No vale la pena vivir esperando la muerte.

No vale la pena soportar filas afuera de los bancos para que te quiten el sueldo. No vale la pena pagar en dólares por hamburguesas y perros raza Shiatsu. No vale la pena el amor para odiar después. No valen la pena los zapatos sin cordones para ahorrar tiempo, ni los cursos de inglés, ni los reinados de belleza.

Nada vale la pena. Nada importa porque todo te vuelve loco: los zapatos y la televisión, los congresistas, la baba de caracol, los cigarrillos mentolados y los automóviles chinos.
Aquí sólo importa ser un maniquí, tener una cuerda bien puesta para que el títere de mueva, por lo demás, nada vale la pena.

Lo que realmente vale la pena


Mi lógica es simple: comer mierda y vivir borracho. Soy un perro de la calle y no necesito nada. Sólo cigarrillos y una buena esquina desde donde mirar al mundo girar. Mi lógica es simple. Es la lógica de la soledad que es mía y de nadie más.

Aunque no siempre fue así. Antes no estaba solo. Había humo y alcohol, que nunca pueden faltar, pero estaba ella. Vivíamos bien y mi soledad acompañaba a la suya. Pero se fue y me quedé aquí.
Ahora que se largó ya lo entiendo todo, encontré la verdad. Mi lógica es simple: joderme la cabeza leyendo a Buk, destrozar bares y dormir apenas lo necesario para no alucinar. No logré nada. Ya tengo cabellos blancos y el hígado hecho puré. Pero, así son las cosas: simples.

Veo a la gente desde mi esquina. Compran autos y tiene tarjetas de crédito. Yo no tengo ni siquiera un colchón que no me arruine la espalda, pero sí que vale la pena estar así. Cuando el mundo explote voy a flotar en el espacio, porque nada me ata. Ya no hay nada afuera para mí, sólo cuentas por pagar. Y adentro lo único que hay es cerveza y comida a medio digerir. En mi clóset mis zapatos se pudren y junto a ellos mi corazón.

Las malditas reglas de la vida

A una hora y media de Cali, en zona rural del municipio de Bugalagrande hay una pequeña vereda llamada Altobonito. Allí, el pasado mes de marzo un campesino encontró el cadáver de Magaly Ortiz Gutiérrez, una menor de 14 años que había desaparecido 10 días atrás después de salir del colegio. La niña había sido estrangulada.

Las autoridades locales concluyeron que Magaly fue violada y asesinada el mismo día de su desaparición. La pequeña murió por asfixia mecánica. Parte del uniforme de la institución en donde ella cursaba noveno grado fue encontrado hecho jirones al lado de su cuerpo.
El único sospechoso del homicio es un hombre que manejaba un campero y quien transportaba esporádicamente a algunos estudiantes de Altobonito. Sin embargo, la Policía no sabe de su paradero.

Magaly murió en lo que los habitantes de la vereda llaman "el paraíso". Altobonito es un lugar tranquilo, un extraño espacio dentro de Colombia del que la violencia parecía haberse olvidado. El país se conmocionó por un momento con el trágico hecho.

Sin embargo, unos días después del trágico evento, la normalidad regresó, no sólo a la vereda sino a todo el territorio nacional. Nadie supo que en sólo seis días más la niña cumpliría quince años y que su familia había vendido varios animales para comprarle un vestido de satín rosado y un pastel de chocolate con fresas que alcanzara para trece invitados.

No me gustan las teorías, pero aquí hay una: Magaly no importa tres pelos del culo en este país. ¿Por qué? Primero porque cadáveres hay muchos y ¿quién tiene tiempo para estarlos contando?; segundo porque es menos dramático iniciar un debate sobre un irreal mundial de fútbol en Colombia, que uno sobre niñas de 14 años violadas y asesinadas.

Entonces, ¿a quién culpar?; ¿al boca floja del Vicepresidente?; ¿a los miembros del Ejército? Quién sabe, tal vez a todos lo anteriores y los demás también, porque hace meses fue Magaly, de 14 años, luego fue Jennifer Luguilo, de 17, quien fue atacada con ácido en una calle de Cali a plena luz del día y la lista sigue.

Pareciera que en Colombia no hay culpables. Todo se vale y lo único que hay que saber son algunas reglas que se deben seguir al pie de la letra, tal como en el boxeo:
A. Siempre hay una víctima
B. Intenta no ser tú
C. Nunca olvides la segunda regla
Entonces, adiós Magaly. Feliz cumpleaños y qué lástima que hayas tenido que nacer en un lugar en donde siempre debe haber un perdedor, pero nadie puede cambiar eso de una vez.

Nunca es fácil ser duro

En alguna parte leí que Syd Vicious era en verdad un tipo blando. Ese maldito se podía inyectar 20 gramos de heroína antes de cepillarse los dientes en la mañana. Cuando estaba en el escenario no le importaba reventarse los dedos apaleando ese bajo de mierda que le había dado la disquera.

Sin embargo, decían que ese tigre adicto y furioso tenía relleno de caramelo. Partirle la madre a la reina de Inglaterra no era nada para él, pero imaginarse a Nancy con otro tipo lo ponía frágil como un ciervo con una pata quebrada.

Ella lo condenó desde el primer día. Le derritió el plomo en las venas. Y cuando la encontró apuñalada en el suelo de su casa, supo que era amor lo que sentía por esa chica y que sin ella no valía la pena continuar.

Pero Syd está muerto. Y Nancy también. No importó lo duro que fue. No importó que él solo le rompió las bolas al planeta entero. El final le llegó entre lágrimas, mocos y una jeringa repleta de heroína.

Tampoco sé qué tanto tengo adentro. Hace años las cosas eran simples: nada de comer chocolate antes de almorzar, irse a la cama a las 11:00 p.m, cepillarse todos los días y esperar a que los dientes no se cayeran. Pero, ahora las cosas son diferentes. Tienes que ser fuerte y demostrarle a todos que lo eres. Llorar no se vale. Es difícil tener las entrañas duras para digerir mierda y sangre a diario.

Ser escritor no te ayuda con eso. De nada sirve sacar la basura que hay en tu alma y ponerla en el papel. Al final sólo quedas con documento que certifica tu visita al infierno.

Leer también apesta. Puede ser peor, te jodes aún más. Los viejos perros se exorcizaban en cada página y algunos salían ganando. Pero no puedes ser como ninguno de ellos.

Ya has leído a Neruda, ese anciano enamorado de las morenas que recitaba poemas con voz trasnochada y encantaba mujeres como a serpientes. Él supo abrirse paso por entre las piernas hasta los corazones sin mayores líos. Tú no eres Neruda. También leíste a Faulkner y a Bukowski. Y entonces no queda duda. Eres un maldito flan, dulce y blando. Qué cosa tan seria ¿eh?

Por eso das vueltas en tu cama cada noche. Ese es un lugar peligroso, ahí no sabes cómo defenderte. No hay vacuna contra ese cáncer que se llama soledad. Pero, al día siguiente debes ser duro como una piedra deteniendo las olas. Eres una pared de concreto reforzado. Tienes el pellejo duro como un caimán. Y allí ya no sabes qué pasó. ¿Por qué no eres Neruda y enamoras morenas? ; ¿por qué no eres Syd Vicious y te destrozas el cráneo a punta de alcohol y rock 'n' roll? No es fácil ser duro.

Nadie

Y bien, llegó este día. El momento perfecto en el que estoy en la más plena soledad. Nadie me necesita. Nadie se pregunta dónde carajos pasé la noche o si me terminé el almuerzo. Soy como el par de botas que le regalan a un soldado sin piernas.

Hay quienes están muertos y buscan un lugar en donde descansar sus huesos. Pero no yo. A mí no me queda nada. Tan simple como eso. Las llamas del infierno son para mí tan importantes como la baba de caracol y los comerciales que la promocionan. Y el cielo no es más que el fondo de la botella de algún buen trago.

Nadie supo que tuve el corazón roto y un pulmón colapsado durante la última Navidad. Nadie supo que una noche asesiné a sangre fría al amor de mi vida solamente porque no tuve el valor de preguntarle su nombre.

Vivo en la más absoluta soledad desde que se fue. Ya no sé cuánto ha pasado. Estoy en el suelo, borracho o muerto, no estoy seguro. Soy nadie, un perfecto nadie. Nada qué hacer, nada qué sentir. Un maravilloso momento de soledad absoluta que no tengo con quien compartir.

¿Quién carajos mató a Bela Lugosi?

¿Por qué no vienes y me dices que me quieres? No importa que no sepas mi nombre, no importa que no sepa quién eres. Tengo miedo. Quiero que lo sepas. Hay un hoyo negro en mi cabeza y hace mucho tiempo que floto en el espacio sin poder respirar, ni ver mis viejos partidos de fútbol.

¿Te gustan los chocolates? A mí sí. Me recuerdan a un antiguo amor. Era dulce, eso te lo aseguro, pero sí que sabe cómo romper un corazón cuando se lo propone. Quiero que me hables de ti. Qué me cuentes de color te pintas los labios cuando llueve, dime de qué color es tu corazón.

Ya te extraño. No has llegado, pero, nunca me dijiste que te marcharías. Qué complicado es perder algo que nunca has tenido. Es una verdadera lástima, estoy seguro de que pude haberte amado, pero, ¿qué le vamos a hacer?

Voy a pensar mucho en ti. En la manera en la que me consolabas cuando se terminaban el alcohol y los cigarrillos. No creo que jamás olvide cómo olía tu esmalte de uñas. Era rosado, como tus zapatos el día que te conocí.

Tengo miedo. El espacio es callado y lo único que me queda es pensar. A veces quisiera haberme volado los sesos con un rifle, como Kurt Cobain. O tal vez debí haberme provocado un ataque al corazón a punta de poemas de Blake y whisky barato. ¿Tú qué crees?

Nunca dices nada. Eso me gusta. Te veo parada del otro lado de la calle contando espacios vacíos entre las estrellas y me imagino que me amas. Sueño que estamos juntos en África, pastoreando ovejas blanquitas y hablando de esa película de Fellini que tanto nos gustó.

Con los ojos cerrados te veo. Estamos juntos. Planeamos ese gran crimen que nos hará inmortales. Me gusta pensar que es algo poético, como asaltar un tren al estilo del Far West. Tu con tu vestido largo, con el cabello suelto, y yo armado con un par de Colt 45, de seis balas cada una. Épico ¿no crees?

¿Por qué no vienes y me dices que me quieres? Tal vez te animes a flotar en el espacio conmigo. Si lo prefieres te puedo cantar un par de canciones de Jim o de Janis. Lo siento, es todo lo que sé. ¿Por qué no vienes y me dices que me quieres?, cuando estés lista, ven, te estaré esperando aquí.

La herida más profunda
(The deepest wound)



Día: martes
Hora: 10:19 p.m.
Color: rojo Minuto 38.675.965

UNO
(¿Por qué no corres con un par de tijeras afiladas en la mano?)

Estoy cansado. Llevo 38.675.965 minutos de soledad. Ya no sé sí eso es mucho o poco, mi perro dice que es suficiente. Es tu culpa, por hacerme quererte. Conocer el amor te mata. Es como dormir con la cabeza apoyada sobre una roca cuando la noche anterior tenías una almohada de plumas.

Ya no tengo dedos en la mano derecha. Se gastaron marcando minutos en el pavimento. Hace varios días dejé de comer. Pensé que el hambre te borraría de mi mente. No es así, estás allí, como transplantada detrás de mis ojos, en mis vísceras.

Tenía que amarte. De verdad creí que saldría vivo de allí, pero no, el día que llegaste morí. Después sólo quedan un montón de piel y huesos, con un corazón que no late, adentro.

Recuerdo el día que te vi la primera vez. Hacía varios meses no salía de mi apartamento. Lucas había muerto y no quería sentir el olor a cadáver en las calles. Pero necesitaba fumar. Los cigarrillos que Blas me regaló se habían terminado. Y Blas no iba a ir a visitarme pronto. No ahora que Lucas ya no estaba.

Me apuré un trago de vodka que encontré en el gabinete del baño. Dios sabe cuánto tiempo llevaría allí. Estaba caliente y espeso. Eso fue suficiente para animarme a ir al bar de M. a conseguir algo de humo.

Afuera todo seguía igual. Las ruinas de la ciudad todavía estaban intactas: los edificios demolidos, los autos quemados. El aire era pesado de respirar, como si fuera plomo. Pero, ya todos estabamos acostumbrados.

A pocas cuadras un soldado me detuvo. Me preguntó qué carajos estaba haciendo solo a esa hora en la calle. "Maldito vagabundo ¿qué no sabes que hay toque de queda?", ladró. Le dije que se fuera al cuerno, que necesitaba fumar. Me golpeó la cara con el reverso de la mano derecha. Después me dijo que me largara o me iba a meter una bala entre las cejas. No me quedó más remedio que salir corriendo de allí.

Usualmente no huía de esos uniformados apestosos. Lo del toque de queda no era cierto. Ese idiota parecía convencido de que la guerra todavía continuaba y que yo era el enemigo.

De un manotazo me quité esos pensamientos de la mente. Seguí caminando Era martes, noche de pelea y seguro Vacío ya estaba moliendo a puños a algún borracho idiota. Tal vez, si estaba de suerte, alcanzaría a ver cuando el tonto aquél se desmayara del dolor. Vacío siempre gana. Sentí lástima por el pobre infeliz al que le tocaba el turno.

Llegué donde M. media hora más tarde. Ya no había nadie en el ring. Blas estaba arrodillado restregando con una esponja un montón de sangre que había en la lona. Mientras, un chiquillo recogía unos dientes y los iba poniendo en un tarro de plástico que media la mitad de su tamaño. Debía tener unos 2.000 dientes allí guardados. Dijo que los iba a vender en el mercado. No pregunté quién los iba a comprar.

Me senté en la barra. M. me acercó una copa de tequila y se sirvió una para él. El primer trago que bebíamos siempre era en honor a Lucas.

- Te lo perdiste- me dijo- Vacío le partió el alma al herrero
-¿A Saúl?
- Ese mismo
- Estúpido. ¿Qué carajos se le metió? ¿Pelear contra Vacío?
- Encontró a su mujer con otro tipo en la cama
-...Buena razón. ¿Dónde está ahora?
- Se fue para México, dijo que allá no ahorcan a los asesinos
- Es verdad

M. es un buen tipo de verdad. Atiende el bar porque sabe que sujetos como Lucas y yo no tenemos otro sitio a donde ir. No recuerdo que ninguno haya pagado jamás por un trago. Nos deja emborracharnos hasta la inconsciencia cada que nos da la gana. Creo que para él, a su manera, somos una especie de familia.

Vacío vive en el bar. Llegó a la ciudad el día que las tropas se retiraron. Ruth nos contó que un viejo boxeador francés se estaba hospedando en su hotelucho. Dijo que tenía un montón de fotografías de sus peleas, pero ningún título o trofeo.

Una noche Vacío le pidió a M. que organizara una noche especial de boxeo.

-Es que necesito estirar los músculos. Ya sabes, desoxidarme.

M. aceptó de buena gana. Entre los dos improvisaron un ring con algunas sillas y una soga larga. Esa noche 23 hombres, entre ellos algunos soldados rezagados, entraron al improvisado cuadrilátero. Todos perdieron por knock out. M. no desarmó el ring y Vacío no regresó donde Ruth.

- Oye, necesito cigarrillos- le dije a M mientras me apuraba el trago.
-¿Y los que te llevó Blas?
- Se acabaron
- Tienes que dejar de fumar. Esa mierda te va a matar
- Sí, lo sé

No me quedé, recogí los cigarrillos y salí. M. dijo que el Capitán llegaría pronto. Maldito Capitán. Desde que terminó la guerra va una vez al mes al bar. Busca camorra a algún demente ebrio y luego se lía a tiros con él. Ese lunático cree que esto es el Far West. Pronto no quedará nadie más a quien matar. ¿Y entonces qué?

DOS
(La piel bajo las piedras)

Llevabas un vestido rojo. ¿Cómo olvidarlo? Parecías una actriz de los años 50, Grace Kelly o Ingrid Berman. Recuerdo que pensé por qué una chica como tú estaba con ese gorila. Los vi salir del hotelucho de la vieja Ruth. Él se tambaleaba. Era más alto que tú. Llevaba el brazo derecho sobre tu hombro izquierdo. Sus botas eran militares, su chaqueta también. Llevaba los cordones desatados. Caminaba como si fuese un muñeco de trapo mojado. No pude contener la risa cuando se fue de bruces y se destapó la cabeza con un ladrillo que estaba en el suelo.

Intentaste ayudarlo. De un golpe el animal rasurado te lanzó lejos. La sangre lo había cegado, gritaba y se babeaba. Lanzaba puñetazos al aire. Te llamaba perra y decía que cuando te alcanzara te iba a arrepentir, que con él no se juega.

La rabia transformó al gorila en un maldito King Kong. Desenfundó una vieja Luger de su cinto y empezó a disparar en todas direcciones. Me quedé paralizado. Él vociferaba y escupía, enloquecido. Tú estabas asustada y apenas si podías evadirlo.

De repente, me tomaste la mano y corrimos hasta que nos ardieron los músculos. Luego... corrimos un poco más.

TRES
(Corderos y mártires)

Lucas tenía 25 años el día que murió. Yo lo encontré. Se había tomado un cóctel de pastillas para dormir y calmantes con una botella de tequila. No sé cómo logró cortarse las venas. Era un corte limpio, desde las palmas de las manos, siete centímetros hacia arriba. Cuando entré al baño estaba tirado en un charco de sangre y vómito.

Nunca supimos por qué lo hizo. Se suponía que estaba feliz. Todos los días hablaba de Roja. Decía que por ella valía la pena cortarse las uñas de los pies y hasta masticar vidrio. Se habían conocido en Kostof, una ciudad vecina. Lucas dijo que fue amor a primera vista. Nunca le pregunté a ella.

Blas dijo que teníamos que quemar el cadáver, que no podíamos enterrarlo en el cementerio de la ciudad. Hicimos una fogata en los límites y metimos el cuerpo allí. Ese día nos embriagamos y contamos estrellas. Vacío rezó. Nunca lo había visto hacer eso. Ni siquiera sabía que creía en Dios.

- No creo en Dios
- Pero acabas de hacer una oración
- Chico, óyeme bien...no creo en Dios

No pudimos encontrar a Roja para que fuera al funeral.

CUATRO
(Iones)

Llegamos hasta los límites de la ciudad. No sé cuánto tiempo corrimos. Nuestros músculos estaban derretidos, eran lava ardiente.

- Gracias
- No hay problema
- Me llamo Nada
- Yo soy Steve McQuinn
- No es cierto
- No. No es cierto.

Tu vestido rojo de diva del cine estaba arruinado. Eras Jane en la selva con Tarzán. Te veías hermosa.

-¿Cuál es la historia entre el gorila y tú?
- Ninguna
-¿Es decir que atravesamos toda la maldita ciudad corriendo por nada?
-No por nada. Él nos iba a matar.

Al amanecer te dije que fuéramos a mi apartamento. Podrías darte una ducha, descansar un poco y comer algo. Quería besarte. Regresamos a pie. No nos dirigimos la palabra hasta que encontramos las ruinas de los edificios. Nunca había notado lo poético de la destrucción a la luz del sol del amanecer.

- Solía trabajar allí- Señalaste con la mano derecha el viejo hospital. Los aviones lo bombardearon años atrás- Era una enfermera.
- ¿Qué haces ahora?
- Soy astronauta y publico análisis filosóficos sobre la obra de Delfín Grueso.

CINCO
(La última vez que vi París)

Lucas y Roja eran inseparables. Se la pasaban en el bar de M. y cuando había toque de queda se encerraban en alguna de las habitaciones de la vieja Ruth. No los volvíamos a ver en días.

Era extraño ver a Lucas así. No era esa clase de tipos que tiene tiempo para mujeres. Él era un hombre simple: dormía hasta tarde, pintaba cuadros y los vendía a cualquiera con una pared para colgarlos. Con el dinero apostábamos a las peleas de Vacío.

Mientras tanto yo escribía poemas y los cambiaba por comida. Había aprendido eso en una película. Y aunque nunca pasábamos hambre, Lucas siempre pensó que con lo que ganábamos podríamos mudarnos de Camdem Town hacia otra ciudad. Decía que quería vivir en un sitio donde la mierda no nos llegara al cuello.

Pero, ahora Lucas no se quería ir. De pronto vivir en esa maldita ciudad llena de escombros y soldados malolientes no era una idea tan mala. ¿Por qué irse a otra parte? Ella estaba allí, con él.

Roja le juraba que esos cuadros que él vendía por maní serían un éxito en Francia.

- Ellos si que saben de arte. Pierre Bourdieu escribió un libro sobre la sensibilidad cultural de los obreros. Esto es posmodernismo- decía y luego se quitaba la ropa -Posmodernismo para gatos.

Hacían el amor en todas partes. Cualquier lugar era ideal para entregarse. Se amaban con rabia, derramándose la sangre. Muchas veces estuvieron a punto de ser baleados por los soldados que quedaban en la ciudad.

Lucas empezó a pintar a diario. Pero, ya no vendía su trabajo como antes. Roja lo había convencido de mostrarlo en el Búnker, un club de intelectuales fundado por una mala copia de Jean Paul Sartre, un tipo llamado Vincent.

Roja llevó a Vicent a una de las peleas de Vacío. Sabía que todos nos reuníamos a verlo y quería que lo conociéramos. Según ella, ese tipo nos podía mostrar cosas del mundo que nunca veríamos mientras continuáramos atorados en Camdem Town.

Vincent era un hombre alto. Le faltaban un par de centímetros para medir dos metros. Tenía el rostro pálido, como Bela Lugosi, en Drácula. Daba la impresión de haber vivido en una cueva durante años. Iba vestido de negro. Qué cliché más ridículo: un poeta/filósofo usando ropa oscura. Nadie dijo nada sobre el tema. Tenía las manos como las garras de un buitre. Los dedos largos, delgados y las uñas afiladas.

El sujeto ni siquiera se molestó en mirar hacia el ring. Dijo que el boxeo era una clara muestra de atraso cultural y que Vacío era una especie de primate nacido para entretener a otros primates con menos agallas como para tronarse a golpes con él. Roja celebró su comentario con una carcajada.

- Lucas, me gusta tu trabajo. Es algo tosco y es evidente tu falta de educación, pero se le nota la pasión. Y eso vale para mí- mientras Vincent hacía su evaluación de las pinturas de Lucas, Roja asentía con la cabeza, como si esas fueran las conclusiones de un sesudo análisis que ambos habían hecho.

- Creo que eres, en definitiva, material para París –remató el espantapájaros y luego miró a Roja directo a los ojos - por fin nos podremos largar de este pueblo de fantasmas.

Farewell

In Memoriam Carlos Chaparro
(Versión libre de Opio)

Qué cosa tan seria... estoy vuelto mierda. Me siento como un gato ebrio, que canta maricadas desde un techo. Qué vuelto mierda estoy, qué mierda estar solo. Pero, ¿qué puedo hacer?, andar por ahí a pie, muerto porque todos están muertos. Nadie sabe qué pasa, todos se murieron y no se dieron cuenta.

Qué cosa tan seria... sólo me quedan los parques y las palomas, sólo me queda un puñado de maíz para los pájaros y un hueco adentro. Ya no hay ni siquiera nubes, se acabó el dulce de algodón y todos vueltos mierda. No hay nubes.

Las calles huelen a moho, huelen a ceniza... las calles vacías y yo sin reloj. ¿A qué hora pasó esto? Todos se fueron. Magenta se fue en un tren, no me dijo nada. Magenta en el tren y yo muerto, vuelto mierda, borracho.

No hay rock, no hay poesía. El Rey ha caído. Elvis murió cagando, ¿cómo se mató Keith Moon? Seguro se voló la cabeza. Un man valiente, un borracho sin nada qué perder, porque, ¿la cabeza para qué?

Todos se van. El tren hacía chú, chú y ella no miraba. Y yo ahí, parado oyendo el chú, chú y sin llorar. Vuelto mierda, borracho, sin reloj. Con un hueco en el pecho, sin nubes.

Ayer llovió. Llovió sin nubes. Las gotas trip, trip, trip. Ya se había acabado el vodka. Tal vez debería volarme la cabeza...no quiero morir cagando.
Los pájaros se ahogaron. Llovió ayer, llovió hoy... ¿qué día es hoy? No sé, no hay espejos. Ya no sé cuándo se fue Magenta. Ya no oigo el tren, sólo el trip, trip, trip de la lluvia sin nubes.

Magenta se fue. Iba en un tren y nunca miró atrás y yo pensé que esa era una situación muy seria, que de verdad estaba vuelto mierda. Qué cosa tan seria.