Inhumanidad



- A veces los recuerdos de los cuerpos sin vida de mis amigos y familiares, arrasados por esta guerra me mantienen despierto en la noche. ¿Y a usted?

- El café negro

Strange Days



Lunes.

Afuera, en el jardín damos vueltas, tomados de la mano. Más rápido dices tú y te agarro fuerte de las manos. Giramos más rápido como lo pides. En medio del vertiginoso carrusel que son nuestros cuerpos no puedo ver más que tu rostro, feliz. Tienes los ojos apretados y la sonrisa fresca, como recién estrenada.

Yo te miro fijamente para no caerme. Eres mi punto de equilibrio. Todo lo demás es un borrón que me mancha la cabeza. Más rápido dices. Más rápido gatito, más rápido que quiero volar. Más rápido es, entonces, amor. Alcanzamos la velocidad de la luz, atravesamos a otra dimensión.

Me sueltas las manos y desapareces. Me voy de cara contra el planeta. Ruedo unos metros y mi piel queda chorreada en la tierra. Pierdo algunos dientes. Me pongo de pie dando tumbos. Desorientado te busco para saber si estás bien.

No te encuentro. Todo me da vueltas. El suelo es agua de mar en la que me hundo sin remedio. Grito tu nombre con todas las fuerzas que me quedan y no respondes. No estás en ningún lado. Despareciste. Entierro mis rodillas en el suelo. ¿A dónde te fuiste?

Martes.

Soy un caballo desquiciado. Corro por planicies, andenes y vías de ferrocarril sin detenerme nunca. Respiro fuego. El aire es lava ardiente. Ningún hueso sigue en su lugar. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Tal vez todo. Me parece que estoy muerto y no me detuve a darme cuenta. Sólo seguí corriendo.

Voy detrás de ti, llamando tu nombre. ¿Dónde estás metida?, ¿dónde puedo encontrarte? No estás en ningún sitio. Mis heridas no cicatrizan. Quiero llorar. Quiero abrirme el pecho con las manos y arrancarme tu corazón. Tirarlo a una canasta de basura para que se pudra. Pero, en lugar de eso corro. Voy detrás de un fantasma llamado tú.

Si te alcanzo ¿qué te puedo decir? Tiré toda mi cordura por la cañería. Solamente sé que te necesito y por eso corro.

Miércoles.

Al otro lado del mundo bebo el agua contaminada del río. Un cadáver flota como una piedra vacía. Es tan terrible estar sin ti. No sé vivir sin ti, amor. No sé vivir con tu soledad. La batalla me destruyó. Cierro los ojos y te veo. Me llamas con tus manos, sin hablarme. Me acerco a ti y devoras mis miedos de un bocado. Allí estás. No dejas de reír, como la última vez. Intento besarte y vuelves a irte. Ya no grito tu nombre.

No hay luna ni estrellas en el cielo. Mis puños son polvo y el hoyo negro en mi corazón se traga el universo entero. La muerte está cerca, flotando en el río a pocos pasos de mí. Prefiero beberla a seguir buscando. No estás en ningún lado. Ahora comprendo que fui yo quien se perdió.

Jueves.

Domingo.

Mañana vas a largarte sin dejar rastro alguno. No tengo idea de eso y por eso dejo que te vayas temprano a casa. Te beso la boca con descuido. Cierro la puerta y asumo que algunos insectos arañan la madera pidiendo entrar.

Me tumbo baca arriba sobre mi cama y pienso en que te hago feliz. El polvo se acumula sobre mi conciencia.
Debajo de la camisa el corazón me late tranquilo. Suspiro convencido de que mañana será un buen día. Una media sonrisa se fuga entre mis labios y yo la dejo. Nada puede salir mal. Me duermo en paz. Te amo. Amén.

Luto



A D le dispararon dos veces en el pecho. La primera bala le hizo añicos el esternón, le perforó el pulmón izquierdo y salió por la espalda. El proyectil se incrustó en un árbol a tres metros de él. D lanzó un alarido de sorpresa. No sintió nada de dolor porque el humeante cañón de la pistola lo hipnotizó al punto de no darse cuenta del hueco del tamaño de una cereza madura que lo atravesaba de lado a lado. Ni siquiera pudo reconocer su propia voz gritando. El impacto no lo movió ni un centímetro de donde estaba parado. El terror lo atornilló al suelo.

Con la mano derecha se tapó la herida. El segundo disparo, que lo alcanzó sólo dos segundos después, le arrancó el dedo anular desde la mitad. La bala se le encajó justo arriba del corazón pero no lo mató. Era un hombre grande y bien alimentado. Solía ejercitarse a diario. Un chorro de sangre y diminutos fragmentos de sus huesos le salpicaron el rostro.

D cayó de espaldas al suelo. El hueco en su espalda ardió como si lo hubieran perforado con ácido. Agonizó por quince minutos allí tirado en un charco de sangre. Lloró de dolor y de miedo todo el tiempo. Quería gritar, pedir ayuda, pero no tenía voz ya. Abría la boca para tomar oxígeno pero el pulmón perforado le ardía con cada bocanada.

Varias veces intentó ponerse de pie. Sólo para caer de nuevo de espaldas, de rodillas. Sus piernas eran gelatina. No dejaba de pensar que eso no le podía pasar a él. Solamente iba a tomar el bus para ir a almorzar a su casa. Si tan sólo se hubiese demorado cinco minutos en salir de su trabajo. Sólo iba a ir a almorzar a su casa y ya. Rezó y rezó en su mente. Le pidió a Dios por su vida. No quería morirse allí tirado, como un animal. Sólo tenía 27 años, sólo iba a almorzar a su casa.

Sentía que el pecho le iba a explotar. Su camiseta blanca se tiñó de rojo en instantes. No entendía de dónde salía tanta sangre. No podía detenerla. Se le iba saliendo así, oscura, espesa y caliente. Brotaba de sus heridas, Le cerraba la garganta. Se tapaba el pecho con las ambas manos, desesperado por controlar la hemorragia, pero de nada le servía.

Las lágrimas le nublaban la vista. En las películas no es así. Siempre duele menos, la gente no sufre tanto. Se retorcía en el andén. ¿Por qué le pasaba eso? Su cabeza era un nudo. Se repetía mentalmente que estaba soñando, pero enseguida se daba cuenta de la verdad. No era un mal sueño. No podía mentirse y el terror era cada vez más apabullante, claustrofóbico. Podía oler su propia piel quemada. Sentía náuseas pero no podía vomitar. La boca le sabía a cobre, como si hubiera lamido una moneda.

Miraba de un lado a otro buscando ayuda. Sus manos se cerraban en vano sobre la nada, intentando aferrarse a la vida un poco más. El dolor se hacía peor a cada segundo. Tenía una varilla ardiendo atravesada. El aire dejaba de llegar a su cerebro. Sentía desvanecer pero, el dolor lo arrastraba de nuevo a la conciencia.

Cerró los ojos fuerte, rogando en silencio ver algún rostro familiar que estuviera a su lado para ayudarlo a levantarse para ir a un hospital. Aún no quería morir. Tenía que ver crecer a sus dos hijos. Tenía que terminar la universidad. Tenía que abrazar a su mamá otra vez. Tenía que ir al partido de fútbol de esa noche.

Pero nadie se apiadó de él. Los carros siguieron pasando por la calle sin detenerse a socorrerlo. Algunos curiosos se aglomeraron a mirar. La gente le quitaba la mirada cuando con los ojos suplicaba misericordia. Sólo los escuchaba decir lo triste de esa situación. Es trágico para un chico tan joven morir así.

Alguien avisó a las autoridades. D murió en la ambulancia cuando faltaban cien metros para llegar al hospital. Nadie estaba con él. Lo último que vio fueron rostros de extraños cubiertos con tapabocas. Olió alcohol y escuchó la sirena del carro, buscando abrir paso entre el pesado tráfico de las 2:00 p.m. Sus ojos quedaron abiertos como platos. Sus lágrimas se volvían rojas al bajar por sus mejillas.

La gente que lo conoció no supo lo que pasó hasta una hora después. Al principio nadie fue a la morgue a reconocer el cadáver. Su familia y amigos decían que era imposible que algo así le pasara a él. Seguro solamente estaba retrasado para almorzar.

Aseguraban, con risas nerviosas, ingenuas, que tragedias como esas no le ocurren a personas como D. Es decir, sólo era un tipo que tocaba la guitarra y se ganaba la vida de manera decente. Tenía una perrita Frech Poodle blanca, una hermana menor estudiando en la universidad y una cuenta en el banco. Tragedias de ese tipo no le ocurren a buenas personas.

En una caja de madera de roble del tamaño de un jabón de baño la mamá de D guarda las gafas que traía puestas el día que lo mataron, cada noche la abre y llora hasta quedarse dormida. Todas las semanas su chica lee las cartas de amor que le escribió y también llora. Los domingos voy al cementerio. Busco su tumba que queda hasta el final y pongo una flor para él. D era mi mejor amigo.

Estómago



Son más de las seis de la mañana. Apenas si he podido dormir un par de horas. Afuera llueve y en mi corazón también. Mi almohada huele a humo de motor. Busco algo de comer en la nevera mientras escucho la máquina de los mensajes. No vienes hoy tampoco. El cuatro se hace algo más grande y frío.

Afuera oigo al casero. Habla de mí, de que aún le debo dos meses de renta. Dice que me va a echar a patadas si no le pago pronto. Las cartas que llegan en el correo sólo tienen más deudas de las que debo encargarme. Ni siquiera sé por qué del debo tanto dinero al banco. Maldita sea, y todo esto antes del café.

Tengo humo en la cabeza. No bebí anoche y por eso desperté peor. La boca está seca, las manos temblorosas. Perfecto, un problema más. Nadie le da trabajo a alguien que no tiene firme el pulso. Creen que estás asustado o enfermo. Se espantan y quieren acabar pronto de hablar contigo, quieren que te vayas con tu rostro pálido a otra parte. Es patético.

Necesito un trago. El doctor diría que quiero matarme rápido. Es lo que dicen todos. Y como todos, está equivocado. No pretendo irme de este mundo ardiendo. Quiero ver el show con calma, sin distracciones, recostado en mi sofá. Es sólo que necesito ocupar mejor mis pensamientos y una taza de café no es de gran ayuda. Un trago, es lo que necesito.

Para conseguirlo debo conducir hasta el estanco. No es lejos, pero la lluvia y las náuseas me pueden jugar una mala pasada. No estaría mal si al menos supiera que voy a quedar desparramado sobre algún policía que está de turno. Pero, dios es cruel y podría terminar en una silla de ruedas, cagando en una bolsa. No es bueno. No es para mí, no para mí.

Mi estómago gruñe. Algo anda mal. Corro al baño, me inclino y vomito. Me arde. Tengo ácido en las entrañas. El agua del inodoro se vuelve amarilla. Me limpio la barbilla con la mano desnuda y apoyo la espalda en la pared. Está helada. Necesito un trago. Un buen trago y una chica. Una que huela bien y que cambie las sábanas sucias.

Escucho la gotera de la cocina. Suena igual que una canción. Presto más atención. Sí, tap, tap, tap…sí, es una buena canción, ahora la reconozco. Mi mamá la tarareaba cuando cocía esos horribles sacos que regalaba a todos en Navidad. Creo que era Nat King Cole, el rey. Paz en su tumba.

Afuera llueve. El cuarto es frío. Pongo la máquina de nuevo y ahí está tu voz, debo admitir que tienes un culo de película, pero odio tu voz. Es tan frágil, tan suave que parece un hilo que puede reventarse. Odio tu voz pero amo tu culo.

El mensaje grabado es largo, pero no dice nada. Dudas, tartamudeas ¿por qué no me lo dices de una puta vez, por qué temes? Dilo. Di que nunca regresarás. Que estás mejor allá, con ellos que sí saben leer y no tienen úlceras sangrantes y rotos en las medias.

Llamarás de nuevo. No voy a contestar. No. Quédate sola con tu conciencia. Un trago, mierda, es todo lo que necesito para detener al mundo que gira como un trompo a mi alrededor. Vómito de nuevo. Una mancha roja se queda flotando sobre el agua amarilla. El doctor diría que lo logré. Matarme rápido. No doc, estoy vivo, equivocado de nuevo.

Debí salir de ti hace meses. Siempre supe que no tenías lo que se requiere. Eres buena y tienes esperanzas. Terco de mí. No eres una chica con resistencia, eres blanda y usas piyama para dormir. Eso debió bastar, pero mi corazón es idiota.

¿Por qué no me lo dices de una buena vez? Sé que quieres hacerlo, en tus mensajes repites que quieres que todo salga bien, pero eso significa que te quedes con el tipo flacucho que toca violín y que yo pueda conducir de nuevo a casa desde el estanco con una garrafa sellada y un six pack atrás.

La botella en la esquina lleva vacía tres días. Es lo mismo que llevo sobrio. Se me retuercen las tripas al recordar. Es mucho más de lo que esperé lograr. Pensé que sólo llevaba una noche. La cabeza da vueltas, la boca reseca. Necesito ese trago.

Son pasadas las seis de la mañana. El casero grita frente a mi puerta, quiere su “puto dinero”. Que se joda. Es un hombrecito asqueroso. No respondo y creo que patea el marco. Debe estar realmente furioso. Lo escucho irse mientras alega algo que no alcanzo a entender.

Nancy, ella sí era una mujer de verdad. No digo que tú seas mala, es sólo que eres una niña. Los perros viejos no queremos sardinas para el almuerzo. Tenemos los dientes afilados y buen gusto por la carne roja. ¿Dónde puede estar ella ahora? Seguro la tendría aquí a mi lado vomitando parejo conmigo, fumando alguna porquería y contándome de la vez que Morrison se desmayó sobre ella.

Afuera llueve pero la gente va a trabajar. Tienen proyectos y cosas que hacer durante el día. Yo no, ni siquiera planeo morirme hoy. Mi estómago grita y quema. Me retuerzo en el suelo. Esto debería ser París y la canción en la rockolla de Cream, eso le daría un toque romántico. Pero, yo no soy Marlon Brando ¿verdad?, me faltan pelotas y claro, estómago.

Son pasadas las seis de la mañana. Afuera llueve y en mi corazón también. Vuelvo a la cama. No puedo salir. Hace frío así que me arropo y me volteo. Mi almohada huele a humo y el hueco en mi cabeza se hace grande. Esperaré a que llames, sé que lo harás y cuando me digas que te largas de este apestoso pueblo, entonces iré por mi trago con el pulso firme.

Where the wild roses grow
(Radio Edit)





As I kissed her goodbye, I said, "All beauty must die"
And lent down and planted a rose between her teeth.

Nick Cave


Syd solía decir que hay dos cosas inapelables en todo el planeta. La primera es la sabiduría de los estibadores y la segunda la estupidez del corazón. Desde luego, no se equivocó. Por eso, enseguida, cuando lo conocí, supe que algo iría mal con él.

“Hay marineros peleando en el salón de baile, hijo...no vayas cerca de allí”, fue su respuesta cuando le pregunté su nombre y oficio.

- ¿Qué quieres decir con eso?, le pregunté sin dudar.
- Quiere decir – respondió - que a veces sólo dependes de la generosidad de los extraños.

Cuando cayó la noche me llevó a la ribera de un río.
- ¿Sabes en dónde crecen las rosas salvajes? - me dijo al llegar.
- Sé dónde canta Nick Cave
- Entonces tienes la mitad de la batalla ganada, niño

Después de ese día no volví a saber de él. Tiempo después de esa noche comencé a trabajar por unos cuantos pesos en una emisora de onda corta. El único empleado era un anciano empolvado que no tenía idea de qué era un CD. “¡Basura!”, repetía cada vez que intentaba decirle que los acetatos ya eran cosa del pasado. “Basura y blasfemia”, decía mientras de lo alto de un escaparate sacaba un LP de Leonard Cohen.

- ¿Pretendes decirme que todo Cohen cabe en un pedazo de plástico tecnológico insípido? Vaya que te va a ir mal en tu vida. Eres más idiota de lo que pensé la primera vez que te vi. Debería enseñarte a golpes lo que es la música y la poesía. Si no sabes qué es eso tampoco vas a aprender a amar. No sabes en dónde crecen las rosas salvajes y nunca podrás averiguarlo.

El viejo y yo nos quedábamos despiertos hasta la madrugada poniendo discos, no canciones. Horas y horas de los trabajos de Tom Waits o de Marvin Gaye. A veces hacíamos semanas temáticas y desde el lunes las 10:00 p.m. hasta la entrada la madrugada del domingo siguiente escuchábamos la discografía completa de sólo un artista.

El viejo hacía todas las intervenciones al aire. Lo cierto es que no era malo en ello. Tenía una buena voz y carisma. Pensé que debió haber sido actor en esas radionovelas de los 40. Además, sabía cosas que muy pocos saben sobre muchos músicos. No importaba que fuera de folk, jazz, rock o blues.

Podía hablar durante horas al aire. Uno nunca sabía qué iba a decir. En una oportunidad se pasó la noche hablando de cómo la CIA había matado a Hemingway. Cuando le dije que él se había suicidado no me habló por días.

- Eh, muchacho – gritaba a veces desde la cabina mientras yo le quitaba el polvo al escaparate- ¿acaso tenías idea de que el buen Les Brown compuso una canción para Joe Dimaggio en 1.938?
- No, no tenía idea
- Eso es porque eres un idiota. Ni siquiera sé la razón por la cual te acepté para este trabajo, maldita sea
- Sólo quito el polvo y barro la cabina
- Ahh, Dimaggio – el viejo a veces me ignoraba para empezar sordas cátedras sobre los músicos o escritores de la post guerra y de la generación beat– Joseph Paul DiMaggio, ese sí que era un héroe, no sólo para los norteamericanos, para todo el mundo. Conozco un pescador que trabaja en el muelle lo vio en el mismísimo Estadio de los Yankees hace décadas. Es un pobre diablo, nadie le cree que vivió un momento histórico.
- Supongo que no
- No sabes nada de nada, eres un niño estúpido – odiaba que lo interrumpiera

Durante meses el viejo siguió hablando sin parar por los micrófonos de la emisora. Ambos sabíamos que los únicos que nos escuchaban eran los vagabundos que podían sintonizar en radios que hallaban medio desechos en la basura.

Pero, a él eso no le importaba. Decía que no lo hacía por el dinero o el reconocimiento. “Eso ya lo tuve”, aseguraba. “Lo hago por amor, que es la única razón que debes tener al levantarte de la cama en las mañanas. Amor y respeto a ellos que nadaron en contra de la corriente. No merecen que cagones cabeza de chorlito como tú los irrespeten”. En ocasiones dejaba los micrófonos apagados sólo para decirme las cien razones de por qué soy un estúpido. La primera era estar allí, trabajando con él.

Una noche cualquiera, luego de varios meses, alguien tocó a la puerta. Pasaba de media noche. Yo fui a abrir. El viejo estaba en medio de una exposición radial sobre Doris Day. Era un vagabundo. En la mano tenía un radio de pilas que yo había desechado semanas atrás. Me sonrío en cuanto abrí la puerta. Le faltaban al menos siete dientes.

- Buenas noches. Mi nombre es Henry Lee – su voz era suave, como la de un párroco en confesión
- ¿Qué quiere, amigo?
- Quiero hablar con el locutor
- Está ocupado
- Dígale que es Henry Lee
- Oiga señor, la verdad es que estamos bastante ocupados ahora y…
- Sólo dígale que es Henry Lee – insistió sin dejar de sonreír
- Muy bien. Pero, prepárese para el escobazo de su vida…señor Lee
- Desde luego

Pensé en cerrarle la puerta en la cara, pero había algo en sus ojos, algo que parecía real. Regresé adentro y toqué el vidrio de la cabina con los nudillos. El viejo se volteó y me lanzó un pedazo de manzana que se estaba comiendo. Insistí hasta que salió a ver qué quería.

- Dice que se llama Henry Lee

El viejo se quedó en silencio pegado al marco de la puerta. Por un momento pensé que había dejado de respirar. Luego parpadeo, entró a la cabina de nuevo, sacó un acetato de Cohen: New Skin For The Old Ceremony, de 1974, lo puso a rodar al aire.

Luego, fue al escaparate y buscó un disco de Led Zeppelin. Adentro había dinero. Me lo extendió. “Esto es por el trabajo. Olvida todo lo que te dije. Eres un buen hombre y no debes estar en esta pocilga pudriéndote conmigo. Vete y encuentra el sitio en donde crecen las rosas salvajes”.

Hizo que saliera por la puerta de atrás. Me obligó a prometerle que no iba a regresar allí jamás y que esta noche lo único que iba a hacer era caminar para alejarme. Se lo prometí. Al día siguiente busqué un radio e intenté sintonizar la emisora pero fue inútil.

La generosidad de los extraños.
Syd se dedicaba a escribir poemas y novelas que nadie nunca leía. En su casa tenía una vieja máquina de escribir Olivietti línea 98 que trajo desde Buenos Aires. Esa cosa debía tener unos 20 años al menos. Pero él nunca usaba otra ni prestaba la suya. “¿No harías eso con tu chica, verdad?”, solía decir.

Encontrarlo no me fue nada fácil. El dinero que me había dado el viejo me alcanzó para pagar algunas noches en un motel del centro. También pude comprar comida, cigarrillos y unas cervezas, pero pronto ya no tenía nada en los bolsillos nada más que colillas y polvo.

Decidí buscar al único amigo que me quedaba. Pero, nadie sabía de él. Pasaba las noches de bar en bar, hablando con las putas, preguntando si habían visto a un tipo con saco negro y la mirada muerta. Nadie sabía nada de él. Es un poeta, les contaba yo a los músicos de la banda al final del show en las tabernas, uno que sabe dónde crecen las rosas salvajes pero, nadie sabía de él.

Una noche, mientras observaba a un viejo pescador remojar los pies en el mar sentado al borde de su barca, escuché su voz. Justo allí, detrás de mí.

- Veo que al fin los encontraste, muchacho – me dijo
- No comprendo
- Mira allá – dijo señalando una gran embarcación a la que varios hombres preparaban para zarpar – los estibadores, las personas más sabias sobre el planeta
- Creo que tienes razón, no lo había notado
- Claro que no. Vamos por un trago

Fuimos a un pequeño bar en las afueras de la ciudad. Le conté que llevaba meses siguiéndole la pista, pero que era un fantasma. Quería saber cómo había dado conmigo. “En este lugar sólo hay pordioseros y tú no eres uno de ellos”, fue lo único que me quiso decir.

Esa noche no dormimos. Compramos una botella de ginebra español y seguimos las rutas de los carteros. Nos quedamos por ahí hasta que los borrachos empezaron a salir de las cantinas tambaleándose. Uno nos invitó a seguirlo hacia un lugar donde había más licor y chicas por montones. Cuando nos rehusamos se fue silbando Dancin’ In The Rain.

Al amanecer estábamos sentados frente a una barbería. Afuera un tipo bajito y calvo estaba sentado sobre una gran caja. No nos tenía en cuenta para nada. Sólo se quedaba sentado en su caja, escupiendo tabaco en el suelo.

- ¿Dónde crecen las rosas salvajes? - me atreví a preguntarle al fin a Syd
- ¿No lo sabes todavía, pequeño?
- No, aún no
- ¿Qué pasó con el viejo de la emisora?
- No sé. Desapareció y ya. Sólo se fue, sin que yo supiera cómo o a dónde. Te juro que lo quise ir a buscar, pero se lo prometí, le dije que jamás lo haría.
- Hiciste bien
- ¿Y las rosas?
- No lo sé, pequeño. Afueran ocurren muchas cosas que no puedes entender como ratas que devoran gatos o poetas que cargan cabezas en sus maletines. Hay quienes dicen que no tienen esperanzas, pero le ponen azúcar a las hormigas. En el fondo creen en un mundo mejor. No me preguntes idioteces a mí.
- ¿Entonces qué carajo hago aquí sentado contigo?
- Evadir la realidad. Quedarte solo para hacer movimientos veloces que te eviten enfrentar tus problemas. No has ido a buscar el lugar en donde crecen las rosas salvajes, muchacho porque ni siquiera sabes cómo son. Ya te había advertido. No des por sentado la estupidez del corazón y el tuyo te está jugando una mala pasada.
- No me conoces bien como para decir eso de mí
- Claro que sí, si no de qué otra forma sabía que estaba en el muelle anoche. Puedo oler tu miedo. Estás tan asustado que preferiste gastarte meses detrás de mí en lugar de hacer lo que debes.
- ¿Y qué es eso?
- Tú dime. No esperes que sea yo quien arregle tus asuntos, hijo. Yo te enseñé el camino, eres tú quien debe recorrerlo ahora.

Durante el resto del día vagué sólo por la ciudad. Syd tenía razón. No era más que un cobarde y este era el peor escenario posible. Estaba quebrado, sin amigos y sin chica. Apenas me alcanzaba para un almuerzo barato en cualquier lugar.

Caminar en los suburbios de un sitio como este no ayuda a mejorar el estado de ánimo de nadie. El olor a mierda marea a los turistas que creen que hay un paraíso aquí. Algunos tienen que volver a sus países con el rabo entre las patas porque este sitio los devoró. Otros, son más inteligentes y sólo quieren encontrar extravagancias en los callejones oscuros. Salud por ellos.

Pasa del medio día y mi estómago protesta. Le mando a callar y le echo una cerveza. Se calma un rato. Todavía estoy gravitando en ningún lugar. Mi cabeza es un desastre. ¿Quién es realmente Henry Lee? ¿Dónde se metió el viejo? ¿Por qué Syd me conoce mejor que nadie? ¿Dónde crecen las rosas salvajes?

Me queda dinero suficiente para un trago más y después se acabó. Esta noche no tendré en donde dormir. El cielo se oscurece y amenaza con ahogarme si no busco refugio en un lugar alto, pero ¿a dónde? Las gotas caen y la gente corre como si fueran gallinas decapitadas. Yo no me muevo. La lluvia empieza a caer sobre mí y los vapores del alcohol se esfuman.

No hay nadie a quién llamar. Pienso en pasar por la emisora, pero cuando lo pierdes todo, tu palabra es lo único a lo que te puedes aferrar. Syd se había desaparecido entre la multitud. La lluvia me nubla la vista, el hambre acosa de nuevo. Tengo frío. Nunca había estado más solo. ¿Qué son las rosas salvajes? ¿Dónde puedo encontrarlas?

Al otro lado de la calle hay un anuncio pegado a la pared. El agua empieza a arruinarlo, pero alcanzo a leer. Dice: “Nick Cave And The Bad Seeds. Wold Tour Where The Wild Roses Grow”. Cruzo la vía y me paro a mirar el afiche y todo se hace más claro. Syd tenía toda la razón. Fue tal y como me lo dijo cuando lo conocí. Ya tengo la mitad de la batalla ganada. Ahora sólo me falta el resto.

Nadie como DiMaggio



El viejo siempre decía que había visto a DiMaggio batear siete hits seguidos. “Uno tras otro, muchacho, como si fuera así de sencillo sacar esa pelota del estadio de los Yankees”, contaba con los ojos encendidos y viéndome directo a la cara. Pero Capa, nunca has estado en Nueva York, le decía yo de vez en cuando.

Entonces, el viejo se encorvaba, hasta casi formar un signo de interrogación con su cuerpo y dejaba escapar un suspiro corto. “No sabes nada, muchacho. Aún eres joven y no entiendes qué es ver a DiMaggio batear un hit. Tus héroes son idiotas que no soportan el fuego y se derriten como mantequilla, no como él”, replicaba con un aire ausente, como si no hablara conmigo sino con él mismo.

“DiMaggio murió antes de que yo naciera, Capa… ¿cómo pretendes que entienda algo así?”, insistía yo. En ocasiones me irritaba que me tratara como a un chicuelo a quien puedes engatusar con fantasías casi que seniles.

“Además, a mí ni siquiera me gusta el béisbol ¿entiendes? Mis héroes son músicos, esos de la resistencia, los que de verdad lograron un cambio, esos revolucionarios que sí mejoraron la sociedad. ¿Qué mejoras al golpear una pelota con un pedazo de madera? No me tomes por idiota, Capa”.

Intentaba lastimarlo. Me irritaba en momentos como este, cuando el viejo trataba de hacerme sentir como un caso perdido sólo por no creer en sus historias. Cada vez que abría la boca para recordarme que no era igual de bueno que él sólo deseara destruirlo, romper su espíritu.

Pero, el viejo nunca se dejaba. Era firme como un roble, y mis ataques apenas si sacudían sus ramas gruesas. Simplemente se encogía de hombros y decía una y otra vez que yo era apenas un niño, un mocoso que tenía la cabeza metida en el culo mientras la vida me pasaba frente a los ojos.

Sólo repetía eso y seguía tallando pequeños botes de pesca en trozos de tabla de unos 20 centímetros que después ofrecía a los turistas por el mismo precio de un almuerzo en el muelle. Eso era lo que más me molestaba. ¿Cómo un anciano decrépito que apenas hacía para vivir podía humillarme de esa forma?

Sin embargo, por años, yo me quedaba callado. Sabía que en parte tenía la razón: era un niño que no iba a ganar una discusión con él. Pero, este día era diferente. Las cosas habían cambiado. No iba a perder de nuevo.

Esperé su respuesta con fiebre interior. Sabía exactamente qué replicar para humillar a ese anciano. Maldito vejete mentiroso, ya conozco tus trucos, eres un perro viejo y ya veo a través de ti. Ya viene.

Pero, en lugar de eso, Capa se quedó callado. Se encorvó un poco más y entre dientes mascullo tres palabras “no entiendes nada”. Con la cabeza casi pegada al pecho, el viejo volvió a contar su historia.

“Siete hits, Eliza, imagina eso. Nadie como él, nadie podía batear así. Empezó golpeando piedras con un tronco que arrancó de uno de los botes de su papá cuando apenas era un niño, Eliza. Claro que iba a ser uno de los grandes, nadie usaba el bate como él, nadie como Joe Dimaggio”, murmuraba.

No sabía quién era Eliza. Era la primera vez que la nombraba. Aunque me sorprendió no quise preguntar nada. Parecía que yo no estuviera allí, sentado a su lado, bajo el sol de las cuatro de la tarde. Hablaba bajito, apenas podía oírlo, pero esa evidente que eso no era lo que le importaba.

Guardé silencio, petrificado junto al viejo Capa mientras tallaba embarcaciones de pescadores en madera barata. “Siete hits Eliza, siete hits uno detrás del otro, sin fallar. Las ovaciones eran estremecedoras, casi te hacían llorar. Podías oír los aplausos a millas del estadio”, continuaba sin levantar la mirada.

Nunca lo había visto de esa forma. Noté las miles de arrugas en sus manos, su pulso roto, su cabello blanco y escaso sobre la noble y redonda cabeza. Nunca lo había visto de esa forma. Caí en cuenta de sus ojos, antes eran de un profundo verde esmeralda y ahora estaban velados, como cansados de mirar.

Entonces, comprendí. Por primera vez entendí a qué se refería el viejo Capa con las historias sobre béisbol. Sentí vergüenza. En mi pecho se formó un nudo que me quitaba el aire. Quise pedirle que me contara más historias sobre DiMaggio y sobre los demás. “Cuéntame una del Rat Pack, viejo”, le iba a decir pero no tenía ya sentido, era tarde.

“Siete hits Eliza, siete hits seguidos, uno tras otro, mi amor. ¿Te imaginas eso? Yo estuve allí, amor, yo que sólo soy un viejo pescador estuve mientras la historia se escribía. Ya te lo contaré todo cuando regreses. También te voy a preparar algo de esa comida que tanto te gusta, ya lo verás. Sólo debo coser la red para volver a pescar y vender algunos de estos cuadros que estoy tallando”.

En silencio me puse de pie. También sin decir nada le di la espalda y comencé a alejarme. Capa, maldito viejo, ¿por qué nunca dijiste nada? Cuando llegué a mi casa, me tumbé sobre la cama y lloré hasta que me quedé dormido. Al día siguiente supe que el viejo se había ahogado.

Un corazón roto es un reloj sin manecillas



Un corazón roto es igual que un reloj sin manecillas. Oyes el tic tac, tic tac, tic tac, pero nunca sabes qué hora es. Así es con el sufrimiento. Lloras y luego lloras un poco más, pero no sabes cuánto te falta para que termine.

Ella se fue con otro tipo. No es más alto que yo, pero le presta más atención. Sabe cuál es la última película que vio en la tele y la acompañó a esa cita con el doctor. Yo no estaba allí aunque la amaba, aunque daría mi brazo derecho por volver a oírla reír de mis chistes.

Y es que nena desde que no te tengo mi vida es un desastre. Dime qué hacer con ella. Sólo puedo pensar en que te fuiste tan lejos que le faltan pedales a mi bicicleta para alcanzarte.

¿Recuerdas cuando estabas al lado de la puerta, esperando a que yo saliera a buscarte? Siempre te preocupó ese bulto en mi pecho, creías que debía ir al doctor y yo no prestaba atención, creí que ibas a estar allí siempre para tragarte mi dolor.

Sabes que soy un idiota de grandes proporciones pero siempre encontrabas algo de lo que pudiéramos hablar sin insultar mi inteligencia. Supongo que él entiende mejor a Heidegger que yo.

Supongo que él es mejor contando las arrugas de tus vestidos.
Ella se fue y yo me quedé. Pensé en ir a lo profundo de un bosque y perder allí mi memoria pero olvidarla es casi tan imposible como pensar que puedo amar a alguien más de la misma forma.

¿Sabes algo? Cuando veo las luces de un auto brillar en la oscuridad de una autopista creo que viene por mí. Estoy seguro de que es la muerte que me encontró más fácil de lo que siempre quise admitir. Por un segundo me tranquilizo y suspiro profundo. Sé que es lo mejor. Eso tal vez al fin detenga el tic tac que ya no puedo soportar más.

Pero, el auto continúa sin golpearme y me quedó parado allí, en la mitad de la nada preguntándome cuándo termina esto y cuándo al fin podré ir a casa. Nena, no te puedo pedir que vuelvas.

Ya sé cómo eres con aquello de los caminos recorridos, pero al menos no te olvides de leer mis poemas, sabes que son sólo para ti. Trato de mejorar cada vez pero son las lágrimas, nena, las lágrimas las que no me dejan mirar mejor las palabras.

Quiero ser fuerte como tú, pero siempre fui un cobarde. Quizás por eso te marchaste. El río corre rápido y el agua que me moja no es la misma de ayer. Tú eres una actriz estrella en Broadway, yo no logro que ningún editor lea mis guiones. Tal vez es cierto: no somos el uno para el otro.

Dime tú, pequeño, qué puedo hacer entonces. Si no es con ella entonces a quién debo pedirle que me enrede el cabello y que me cuente que la lluvia sí deja de caer. Detesto el sol, pero no tampoco puedo soportar las gotas de agua cayendo sobre mí. Es demasiado cliché ¿no te parece? No soy Gene Kelly, no soy nadie y por eso estoy aquí solo.

Corazón ya deja de latir a ese estúpido ritmo, ya deja de palpitar para que te escuche, ella está lejos y el sonido de los tambores como el que tú haces ya no la seduce. Quédate callado que la molestas mientras vive tranquila, mientras es feliz.

Alma deja de rondar de una buena vez. Descansa un poco y duerme para que también yo descanse, permite que se vaya, deja que sea feliz con él, aunque no sea más alto que yo, aunque no sepa hacerla reír.

Nena feliz, nena amable, nena inteligente y preparada. Eres eso y más y yo sólo quiero algo que no puedo tener. Tú puedes hacer que todo esto se vaya de mí y no estás. No estás, nena egoísta, nena caprichosa, nena melodramática ¿dónde estás, querida, dónde te metiste traviesa?

No sé qué más hacer. Quiero que seas feliz, pero prefiero que mueras de una buena vez y así ambos estaremos tranquilos. ¿Y es eso justo contigo? Seguro que no, pero, ¿es justo conmigo? No sé, tal vez lo que necesito es recuperar el sentido común que se fue contigo. Espero que vuelva a mí antes de que sea tarde.

Pero, ese reloj sigue sonando, tic tac, tic tac, nena y no sé qué hora es. Dime tú, pequeño. ¿Ya va a terminar? ¿Esas luces en la autopista me buscan? Ojalá que sí, un reloj sin manecillas es como un corazón roto, nunca para y siempre sabes que está allí, tic tac, tic tac.

Concierto



Anoche miré el techo por horas. Conté las arrugas que tiene el cielo raso e imaginé figuras de animales y gente haciendo el amor en las sombras.

Quise sentarme a escribir un rato, pero no encontré palabras. Quise leer un poco, pero no me animaron las letras. La nevera está vacía, la cama un terreno peligroso al que debo entrar solo y por eso espero.

Afuera llueve y las palomas se ocultan en mi alféizar. Oigo a un ratón corriendo por la habitación, pero no puedo verlo. No sé qué quiere encontrar aquí.

Pronto se inundará mi cocina por la lluvia. El vecino de abajo se va a quejar. Nada que hacer, sólo esperar. Un cigarrillo me haría bien.

Creo que esto es todo. Mi destino debe ser seguir mirando el techo hasta que me pudra. Un destino salvaje reservado para pocos. Sólo pensé que debería contártelo, cabrón.

Tuesday's gone



Mi chica no es a prueba de la oscuridad, cuando entra en ella la consume totalmente y no puedo verla más hasta que regresa a la luz y me sonríe. Mi chica no es a prueba de la oscuridad pero le encanta y cada que puede se escapa de mis manías y mis celos y mis vicios y entra en ella, deja que la consuma y vuelve a mí, un poco mejor, lista a soportarme.

Mi chica me dice que esté tranquilo, que es apenas un espacio personal donde sólo cabe ella, que no debo temer nada. Me toma la cara con ambas manos y me dice que ama; yo pretendo creerle, pero cada que la miro a los ojos veo que son más y más negros.

Mi chica no es a prueba de la oscuridad pero la seduce. Allí encuentra cosas que yo no puedo darle, por eso quiere más de esa oscuridad, así que cada vez entra allí con mayores ansias. Y cada vez se tarda un poco más en regresar.

Yo me quedo afuera, solo, mirando el vacío, buscando razones. Aplico teorías geométricas e incluso en ocasiones he estado tentado a usar algo de filosofía para comprender qué se esconde detrás de esa insondable negrura que se escapa a mi comprensión. Ella ya no sonríe cuando hay luz, cuando está iluminada, entonces apago lámparas y bombillos para verla ál menos cómoda. Dejé el cigarrillo porque le molesta el fuego de mis fósforos.

Yo quiero enterderla y en silencio ruego que alguna vez me invite a entrar, pero sé que no va a pasar. Soy un lastre que la ata y la limita. Soy un apéndice que le cuelga inerte a un costado, pero sabe manejar a la perfección mi peso muerto.

Mi chica es astuta y me conoce. Sabe cuándo cumplir mis caprichos para que me calle la boca, sabe cuando palmearme en la espalda para que no sienta que soy sólo un perdedor.

Ahora espero que ella salga. Hace varios días entró en ese negro abismo tan imposible para mí y no sé nada. Me pregunto si no me extraña y quiere venir a verme, pero el viento sopla frío y no me da respuestas, así que me armo de paciencia y sigo esperando.

Si mi chica no regresa voy a marchitarme. La necesito para que me cumpla los caprichos inútiles y me dé palmadas en el lomo. Necesito que me rasque detrás de las orejas.

Amo a mi chica pero no soy suficiente para ella. Es más alta, bonita e inteligente que yo. Es presumida y coqueta. Es curiosa y habla tres idiomas. No necesita nada de mí, por eso se va allá, a donde no debe arrastrarme y darme de comer.

Pero, tú dime. Qué voy a hacer si no vuelve. Escucho a lo lejos un tren y a detrás mío un gato me observa. Creo que ambos saben que estoy perdido y que mi chica se fue para no volver.

Yo, en el fondo, también lo sé pero no tengo fuerzas para lanzarme a los rieles. Si ella viene unos minutos, tal vez encuentre valor y lo haga.

Entre tanto seguiré aguardando a que tal vez regrese, entre tanto sé que ese nudo en mi garganta es la muerte y no son lágrimas en mis mejillas, es la lluvia que me dice que el tren no tardará en pasar de nuevo y que esta vez será la última.

Alley Cat Blues



Pronto la ciudad se quedó pequeña para todos. Gustavo empacó todo en una mochila: sus cd’s de los Ramones y la escultura que le había hecho a Dora. Tomó un bus y 20 días más tarde estaba en Buenos Aires. Un mes después Ricardo lo siguió.

Federico prefirió Europa. No le dijo nada a nadie y sólo se alejó tan lejos como pudo de las calles que huelen a orines y a humo de bus. Jorge Enrique también está allá. Se levanta al medio día, desayuna con una cerveza y un cigarrillo. En las tardes si se topa con una chica la invita a tomar un trago. Si no, da igual.

Ahora, Pablo dice que también se va a largar. Me dijo: “carajo, vente conmigo” y le dije que ahora no, que tengo cosas que arreglar primero. “Ya sabes, las deudas. Le debo dinero a todos. No puedo simplemente irme”, le respondí a cada insistencia hasta que ya no me dijo nada más.

Y entonces me quedé triste y esa tristeza se caló a mis músculos y a mis huesos. Y cuando desayuno estoy triste y me siento solo. Igual pasa cuando voy por la calle, cuando entro al banco o cuando levanto una copa para brindar por el alcohol. Estoy triste y no hay qué hacer.

Cada mañana me levantó, me doy una tremenda ducha con agua fría queriendo estar mejor. Me restriego duro para sacarme la nostalgia, para no pensar que yo me huelo la mierda de las rodillas mientras todos se van detrás de la Ciudad Luz o de Charly García.

Cada mañana me lavo detrás de las orejas con estropajo e intento pensar que vale la pena seguir viviendo en la quinta paila del infierno sólo para que los abogados me dejen en paz y no me embarguen el culo.

Después de salir del baño regreso a mi cama. Cierro los ojos y sueño con la muerte. Imagino que mamá llega a levantarme, diciendo que está tarde para ir al trabajo. Entonces yo no le responderé nada. Voy a estar frío y tieso sobre mi colchón. Desnudo y morado.

Ella me sacudirá fuerte de un hombro gritando mi nombre, pero nada. Resulta que mi corazón ya no bombea sangre y mis riñones y mi hígado y mi vesícula y mi cerebro están jodidos. Pero, enseguida despierto y recuerdo que aún estoy vivo y que no tengo más tiempo que perder, debo cumplir órdenes.

Entonces ya no estoy triste. Allí es cuando me emputo con Dios, con McDonal’s y con los dinosaurios. Allí es cuando quiero llorar fuerte hasta explotar en mil partículas chiquiticas para que nadie sepa quién mierda era. No quiero ser recordado como yo mismo, no hasta que haga algo al respecto.

Maldita la hora en la que todos se fueron y me dejaron atrás. Allá están comiendo caracoles y yo atragantado en mi propia mierda. No sé porqué se tenían que ir tan así, sin que nada les diera y yo no puedo. Todos me duelen y sé con exactitud en dónde está el hueco que dejaron cuando se fueron de aquí.

Pero, también los detesto. Yo vivo llenando la ciudad de basura que ni yo mismo me trago y ellos toman cerveza sin riesgos y caminan hasta tarde por las esquinas iluminadas. Así que me dedico a odiarlos por ser valientes, coger todo lo que necesitaban y emprenderla hacia el horizonte.

Mi error fue el tardarme en escoger un buen corte de cabello cuando era niño y creerme todas esas patrañas de la democracia y el amor de una buena chica. Mi error es ser una gallina con hepatitis. Mi error es jugar su juego y no confiar en mi mano, a pesar de tener un par de ases.

La ciudad ahora es más pequeña. Cuando me despido de mi familia y cruzo la puerta de mi casa siento claustrofobia. Me digo que todo se me puede calmar con un trago pero no hay quien se lo beba conmigo porque pronto la ciudad se hizo pequeña para todos menos para mí.

El día feliz del Señor Quién?


(Foto: Martha Calle)

El Señor Quién? era un tipo bastante decente. Todos los días tomaba baños de 20 minutos y cada miércoles y sábado se rasuraba la barba y el bigote. Cuidaba su dieta. Nada de grasas saturadas ni exceso de harinas. Los domingos almorzaba coles hervidas y caminaba 30 minutos sin pausa.

Algo que el Señor Quién no podía soportar era el estar mal vestido. Por eso tenía un cuidado maniaco con su ropa. Tenía un cajón para las camisas, otro para las medias, un tercero para su ropa interior y un amplio clóset de dos metros de alto por dos metros de ancho para colgar sus pantalones, corbatas, chalecos y sacos.

Tenía además un sofisticado bidé en los que mantenía sus zapatos. Lustrar su calzado era un ritual imprescindible cada madrugada. Luego de exfoliar su rostro con suma delicadeza usando piedras y una colección de cremas y jabones que lo enorgullecía, pasaba al patio donde se dedicaba a brillar y pulir todos sus zapatos, así no los hubiese usado.

Luego, esperaba a que el sol estuviese alto en el cielo y contemplaba su trabajo. El brillo debía cegarlo para saber que lo había hecho bien. Cuando esto pasaba sonreía satisfecho. Para ese momento la señora A. ya tenía listo el desayuno y lo llamaba a la mesa.

Siempre era lo mismo: un huevo pasado por agua, sin pelar y servido en un pequeño vaso de plata. Una taza de café con leche y dos cubitos de azúcar, medio vaso de zumo de naranja, cultivadas por su vecino, el señor Dónde?, y una rodaja, de no más de 67 milímetros de grosor, de melón o papaya. Además, la señora A. horneaba unos exquisitos croissants que hacían que el Señor Quién? pecara de gula en no pocas ocasiones.

Después de tomar sus alimentos de la mañana el Señor Quién? regresaba al baño. Se lavaba los dientes por quince minutos. Luego enjugaba con productos de higiene bucal que compraba cada trece días a un cuñado suyo.

– Bien – se decía satisfecho frente a el espejo – Ya es hora.

Entonces entraba a su cuarto y se vestía tan impecablemente que para cuando terminaba ya eran más de las 10:00 a.m. Se despedía de la Señora A., encargándole que el almuerzo estuviese servido a más tardar a las 2:00 p.m.

El Señor Quién? Entonces salía a la calle. Caminaba diez cuadras hasta un paradero en la Calle ABC. Una vez allí se sentaba a esperar su transporte. Cada mañana, mientras esperaba, ojeaba el periódico. Nunca leía más allá de la segunda página.
Pero, no ese día. Ese día abrió el diario en las páginas de los obituarios. Leyó la segunda nota después del cabezote:

Ayer fue encontrado muerto en su casa de la Calle 123. El Señor Quién?, uno de los escritores de ficción más importantes de la ciudad. Las autoridades locales reportaron que el Señor Quién? Falleció a causa de asfixia, presuntamente provocada por su ama de casa la señora A, quien se encuentra bajo custodia policial. El Señor Quién? había publicado 17 novelas basadas en un imaginario cowboy espacial llamado Trip Stardust. El Alcalde de la ciudad presidirá esta tarde el funeral del Señor Quién?, quien al momento de su muerte gozaba de plena salud y se encontraba trabajando en su más reciente obra literaria.

El Señor Quién? sonrió. Dobló el diario, lo puso debajo de su brazo izquierdo y empezó a caminar en el sentido contrario a su casa.

Carpe diem my love, carpe diem



Nena, deséame suerte porque llegó el final. De aquí en adelante no hay más nada para ti o para mí, al menos no juntos. Puedes seguir durmiendo en la buhardilla hasta cuando desees y puedes quemar los libros de Borges, como siempre quisiste, ya da igual. Además, nunca me gustaron tanto como quise hacerte creer.

Supongo que era una forma de convencerte de que estoy menos vacío de lo que siempre admití, pero qué carajos, basta de posturas elegantes y protocolos inútiles. Lo cierto es que sólo soy un perro que enterró un hueso y olvidó recogerlo, pero quiere ir por él. Y es eso lo único que me hace palpitar. Nada más.

Así que buena suerte para ti también. Ahí se van a quedar tus tacones. Guardados en el clóset, como desde el día que lo compraste aunque sabías que no los ibas a usar jamás.

Siempre me gustó eso de ti. Encontrabas espacio en tu vida para todo y todos. Y cada uno tenía justo el sitio que se merecía. Yo perdí el mío por ser un idiota que poco sabe de querer.

Nunca aprendí eso de las prioridades. Imagino que en parte esa es la razón de este adiós. Pero, ¿qué más puedes pedirle a un tipo como yo? Quiero decir, amar es una maratón que requiere resistencia y de eso me resta poco, ya lo sabes. También sabes que me gusta comer solo y en la oscuridad.

Seguro no te has enterado aún, pero Violeta se suicidó hoy. Se cortó las venas en una bañera llena de agua tibia. Dicen que es la mejor forma de hacerlo. No estoy nada bien, pero todavía no he llorado por ella. Intento dejarte a ti primero. Una cosa a la vez.

Supongo que los muertos no necesitan que alguien los recuerde a todo momento. Tampoco necesitan zapatos o un techo para protegerse de la lluvia ácida. Sé que Violeta me entendería.

¿Sabes qué? Que dos mujeres te abandonen en menos de una semana no es nada bueno. Cosas de ese tipo te afectan y los dolores de espalda se hacen cada noche peores.

Por eso ayer traté de visitar a mi mamá, pero sabía que iba a preguntar por ti y todavía no tengo una buena coartada. Ella siempre estuvo orgullosa de que un lagarto como yo pudiese encontrar un lugar caliente al lado de una flor honesta y bonita como tú.

Ayer me llamó Lucas. Lo de Violeta lo tiene muy afectado. Le dije todo sobre nosotros. Me pidió que te dijera que no olvides el llevarte el CD de Velvet Underground.

Estaba bastante borracho cuando hablamos. Creo que estaba llorando, pero él siempre se pone sentimental cuando Tom Waits toca en París, así que no le di mucha importancia.

Así que nena, deséame suerte porque se terminó la canción. Deséame suerte porque te vas lejos y yo no. Y es la quietud la que mata. ¿Recuerdas a Jim? Cuando dejó de moverse su corazón le jugó una mala pasada. Janis tampoco soportó el óxido y se secó.

Tal vez me vaya cerca de ellos ahora que tú y yo no vamos a gastar tardes enteras encerrados en oscuras habitaciones de moteles de mala muerte descifrando canciones en los sonidos que hace el aire acondicionado.

Tengo planeado volver con los chicos. Me cuentan que las cosas siguen igual. No les creí una sola palabra. Sé bien cuando ellos mienten. No sé qué me están ocultando, pero no debe ser nada agradable. No les conté que me mudé. Será más fácil hacerlo al calor de unas cervezas.

Ellos siempre dijeron que lo mejor de mí eras tú. No estaban equivocados. Ahora sé que nada es mío, especialmente tu cariño. Me parte el alma llevarles malas noticias, pero cuando aprieta el frío ártico no hay muchas posibilidades.

Quisiera decirte que tengo planes. Que no estos días no he parado de escribir y que sé perfectamente que mi novela será un éxito en Europa, pero ¿para qué más mentiras? Ya dejamos atrás la diplomacia ¿cierto?

La verdad es que ya no encuentro las palabras. No encuentro emoción frente al papel en blanco y siempre termino divagando sobre alcohol cuando logro empezar algo. No sientas que te estoy culpando, al contrario, te estoy dando las gracias.

Supongo que cada fracasado tiene una musa que lo inspira lo suficiente como para dar de qué hablar durante un tiempo. Y a mí ya no me queda más. Cumpliste tu misión conmigo y te vas a ir ardiendo mientras yo me desvanezco. No te vayas a preocupar por eso. Siempre supe que vivía tiempo prestado mientras estuve contigo.

Nada tan bueno puede durar mucho y sabes mejor que nadie que no puedo soportarlo. El melodrama es mi vicio incorregible. Para sentirme bien debo estar mal. Pero, la cosa es que no quiero estar mal sin ti.

Mi consuelo por ahora es que todavía los letreros de habitaciones libres en los moteles están encendidos, así que me iré a pasar unas buenas tardes allá. Sólo yo, el aire acondicionado y la terrible presencia de tu ausencia sentada a mi lado.

Manual de uso y limpieza de corazones paralíticos


Nacer con un corazón con esclerosis supone algunas ventajas. Pero, se debe saber manejarlo. Es un arma cargada con balas de plata y para usarla hay que ser un francotirador y no Rambo con una metralleta. Un solo disparo deber bastar para lograr un crimen perfecto.

Un corazón con esclerosis te da el lujo de ser el señor aventura. El chico malo que mamá nunca debe conocer. Una suerte de James Dean sin convertible. Eres alguien que puede recibir todo el fuego sin doblarse ni gotear.

Así es porque con algunas mujeres es así. Quieren ir más allá del abismo y por eso saltan sin mirar. Nunca chequean el paracaídas antes del brinco al vacío. Aunque no te engañes. Ellas quieren el vértigo durante el día pero en la noche deben dormir arropadas y con medias. Chicas así quieren ver tus cicatrices, pero no saber cómo te las hiciste. Y tú debes saber hasta a dónde mostrar.

Hay noches en las que ellas quieren al cabeza hueca que destroza bares y es capaz de seducir a Margaret Tatcher. Quieren subir la temperatura hasta que hierva el mercurio, pero sólo hasta allí. Amar no vale. Tampoco decir una sola verdad. Ya sabes lo que dicen sobre no mentir lo suficiente.

Un corazón con esclerosis te revela el futuro. Allí estás solo. Lo ves claro como un programa de Tv y el panorama es bastante bueno. Mil mujeres en una noche y ninguna en la mañana. Podrás pasarte la vida coleccionando huellas en el colchón y prendas de vestir olvidadas.

Un corazón con esclerosis te lleva a servir tragos en un bar de Beirut. Un corazón con esclerosis es anti balas, está recubierto de titanio. Impenetrable y resistente al agua.

Desde luego, no cualquiera puede tener uno y menos usarlo de forma debida. Hay quienes saben de arte y pueden cocinar con gran sazón. Así que si cantas ópera y sabes cuánto queso lleva un Creme Bule estás jodido y mucho. Tal vez lo mejor es empezar una carrera actoral e intentar hacer algo de dinero con ella.

Un corazón paralítico puede confundirse con crueldad. Es un error común. Si logras mezclarlo con un par de frases inteligentes y una buena ortodoncia, entonces podrás usar ese despiste a tu favor. Recuerda que no tienes sentimientos, pero eso no significa que seas idiota.

Sólo una cosa. Un corazón con esclerosis no sirve si tu meta en la vida es levantarte niñas en uniforme de colegios y pendejas que creen que Cary Grant hace música country.

Tienes un corazón ciego y sin piernas. Estás jodido más allá de ser árbitro de fútbol o periodista. Tienes una condena pesando sobre tus hombros. Eres un hombre muerto caminando. Así que no te hagas ilusiones imbéciles. Límate las espinas cardiacas cada mañana y no olvides que las putas son mejores confidentes que cualquier sacerdote.

Ahora ve. Busca a quien no puedas amar aunque sea la mujer indicada. Intenta darle un par de momentos memorables y guárdate unos para ti. Un corazón con esclerosis produce insomnio y créeme una noche contigo mismo y tu soledad no es nada fácil.

Apuesto todo al negro




- Bien. ¿Me quiere explicar qué carajos pasa aquí? – quien preguntaba era un policía. Estaba doblado noventa grados sobre la ventanilla de mi carro. Puso la cara a dos centímetros de mi nariz y repitió la pregunta. Pensé que debería venir de comerse un par de kilos de mierda. Su aliento asqueroso me empañó las gafas.

- ¿Entonces?- inquirió el oficial Aliento a Mierda.

Qué carajada aquella. Siempre hay un maldito policía con ganas de romperle los huevos a alguien. Caí redondo en la trampa.

- Verá…la cosa es más o menos así- comencé a explicar- Acabo de salir de la casa de una mujer- pensé que sería suficiente para que me dejara ir.
- …Entiendo
- Es mi chica y la quiero pero, creo que cometí un error con ella. Cree que me ama porque tengo talento para escribir.
- ¿Y lo tiene?
- Oh, no, para nada. Mi interés principal es inventar un mecanismo para que cuando la gente vacíe el inodoro no se queden restos de mierda en la tasa. Trabajo en ello a diario. Supongo que a usted le sería muy útil.

Aliento a Mierda se retiró dos pasos de mi carro y sacó su arma. La apuntó hacia el piso y eso fue suficiente para ponerme atento, el muy cabrón tenía la mirada de Clint Eastwood en Harry el Sucio.

- Bueno, bájese del carro ahora- me ordenó
- ¿Qué acaso no me va a pedir los papeles y cosas de esas? Tengo mi licencia recién renovada. Hasta me saqué fotos para ésta.
- No será necesario, señor. Nos vamos para la estación de inmediato.
- ¿Arrestado?
- Umm jumm
- ¿No le preocupa que presente una queja por hostigamiento policial? ¡Se está usted saltando todas las malditas reglas del manual!
- No soy yo quien venía manejando en reversa por una zona residencial a casi 80 kilómetros.
- Pero si ni siquiera me dejó explicar por qué venía haciendo eso.
- Umm jumm

En un minuto estaba esposado y sentado en el andén esperando. Aliento a Mierda pidió refuerzos para trasladarme. Me sentí halagado.

Vaya manera de comenzar el día. Primero Lyda casi me estrella un florero en la cabeza y ahora esto. Ella es una buena mujer pero es muy estrecha. Dice que me ama porque se siente inteligente a mi lado. Cree que asiste, sentada en primera fila, al comienzo de una nueva era literaria.

No, no, no. Carajo, nada de eso es verdad. La literatura es mierda, igual que el cine y la los noticieros. Y no soy mejor que eso. Los escritores que valen la pena están muertos ya y yo, que no sirvo para nada. no he tenido el valor de dispararme en la sien.

Porque para ser grande no se requiere de tiempo. Los grandes nacieron muertos. Se levantaron de entre su propia mierda y se erigieron como semi dioses dorados.

Para ser grande se debe haber tenido la oscura boca de un cañón apuntándote directo a la cara. Morrison conoció la muerte a los cuatro años y se dedicó a seducirla. Se fue de esta vida en medio de vómito, sangre y mocos. Pero, ¿a quién le importa eso? Carajo, era Morrison, el jodido Rey Lagarto. Y él hizo que la muerte lo siguiera hasta Francia. Se apagó luego de hartarse de drogas, alcohol y orgasmos. Mr. Mojo Risin’ se largó mundo a su manera.

Cuando Buk nació 10 millones de personas acababan de arder por las bombas y las balas de la Primera Guerra Mundial. De chico no jugó a la pelota ni coloreó cuadernos. De chico huyó de los alemanes y se mudó a otro país para salvar el pellejo.

Un sabor temprano de la muerte lo convirtió en uno de los buenos. Mientras trabajaba repartiendo cartas idiotas se dedicaba a beber y a apostar todo su sueldo en el hipódromo. Encontró su sitio fuera de la dinámica urbana de nacer, crecer, hacerse un zombie y morir. Ahora está allí, sentado en pantalones cortos junto a Ciorán. Y ambos están bebiendo de la misma botella de whiskey malo. Los dos escritores rompebolas más grandes en toda la Vía Láctea.

El resto de idiotas lo hacen por las razones equivocadas. Quieren dinero y lenguas que les limpien el culo. Quieren el colesterol alto y sus caras en las cajas de cereal. Quieren protagonizar comerciales de zapatos deportivos y un auto compacto que destruir durante una borrachera.

Yo soy uno de ellos. He pasado mucho tiempo sentado frente a la televisión viendo a París Hilton. Me arruiné desde pequeño. Llegué tarde a Tom Waits y a Nick Cave. Llegué tarde a la angustia y cuando la conocí fue por vía satélite.

Las hamburguesas de McDonalds y Britney Spears arruinaron mi resistencia. Nací en la calle pero crecí sin mirar nunca las estrellas. Entre los partidos de fútbol los domingos y las alocuciones presidenciales conocí el amor de las mujeres y el valor de un cigarrillo antes de dormir.

Pero, era tarde, ya tenía la batalla perdida. Me hice blando y recuperar el terreno que me ganaron con los vallenatos y los libros de superación personal no es nada sencillo. Pero, hasta ahora no todo está perdido. Todavía me queda una oportunidad más. Voy a apostar todo al negro.

El alcohol y unas buenas amistades me salvaron algo de la dignidad y juntos avanzamos unos metros hacia una existencia menos patética. Las mujeres también ayudaron. Algunas giraron con tanta velocidad a mi alrededor que me levantaron los pies del piso. Pero, casi siempre encontraba la manera de joderlo todo y hacer que ellas quisieran levitar sobre un cuerpo celeste un poco más brillante. Uno que quedara lejos de mí.

Lyda está bastante bien, pero sabe bailar con mucha gracia y conoce de primera mano cómo funcionan las acciones en Wall Street. Y ya sabes que pasa allí. La gravedad siempre gana.

Ella tiene sueños. En silencio me burlo de ellos. Creo que son ridículos y poco honestos. No puedo contar cuántas veces una chica me dijo que sueña con conocer París para tomarse un café frente a la Torre Eiffel.

Lyda quiere un trabajo estable y dos niños. Quiere un labrador dorado y auto nuevo. Confía en que yo le puedo dar eso. Por eso intenta leer a los perros de guerra que lo hicieron antes. Habla con propiedad de Faulkner e inclusive ha ojeado a Norman Mailer. Pero, tiene muchos horóscopos sin revisar y sabe resolver sudokus.

Hoy le dije que se largara y no dudó en volarme la cabeza con un florero. Le dije que encontrara a un hombre de su estatura. Alguien que quiera salir en la portada de Cosmopolitan sonriendo a su lado.

Primero lloró un poco. Me dijo que me esperaría hasta el final, que algún día mi novela estaría en las librerías y yo en los titulares de los noticieros. Le dije que no tenía la madera para aguantar, que su resistencia era como ella pura gelatina de frambuesa.

Aliento a Mierda me tuvo bajo el sol media hora. Me veía en silencio. Pensé que no parecía un policía. Con esa mirada seguro tendría una gran carrera en Hollywood. Pero, necesitaba cepillarse más a menudo y colgar el uniforme. Tal vez algún día voy a escribir sobre él.

Al rato una enorme furgoneta llegó a recogerme. Allí venían Tonto y Culo Gordo. Tonto era alto y flaco, como una vara de premio. Su cara era amarilla como un queso. Se veía bastante torpe. Tenía ojos de diazepam, ron y Coca-Cola.

El orgullo que me había producido el hecho de que Aliento a Mierda hubiese pedido refuerzos se me fue a los tobillos. Esos dos tipejos parecían un equipo de mudanzas. Strike uno a favor de Aliento a Mierda.

Culo Gordo debía pesar unos 2.600 kilos. Sudada como una chuleta de ternera al horno. Me miró como si fuera un sofá viejo. Pensé que podría liarme a golpes con él y sería una buena pelea. Seguro ese animal tenía la cabeza dura como un coco. Pero, ellos son tres y yo sólo uno. Strike dos.

Traía una gorra ridícula que no pertenecía al uniforme de la fuerza. Le quedaba bastante pequeña. Imagino era para proteger su enorme y calva cabeza de cerdo del sol.

En ese momento caí en cuenta de la clase de lío en el que estaba metido. Salir de esto estaría difícil. No tenía a quién llamar. Lyda no iba a estar de ánimos de sacarme de la cárcel.

Y tampoco había comprado papel higiénico. ¿Cómo putas se me había terminaba el papel higiénico tan pronto? Carajo. Lyda compraba enormes pacas en el supermercado y las llevaba a mi casa. Yo nunca veía el tubo vacío. Pero, ahora tenía que comprar un rollo nuevo y no tenía mucho ánimo para hacerlo.

Imagino que Hemingway no tenía esa clase de problemas. Qué malparida situación en la que estaba. Pero, supongo que eso es un buen motivo para meterse un tiro en la cabeza. Tal vez esta sea mi oportunidad de oro. No seré nunca uno de los grandes, pero al menos mi temporada en el infierno dará de qué hablar.

Hache



Mi nombre es Hache. Soy la clase de tipo que la gente nota hasta en un concierto de punk. Soy alto, delgado y recio como una lanza. Siempre visto de negro, hasta en el más caliente día de verano. Usualmente estoy solo y nunca me falta una botella del peor trago que mi dinero pueda comprar. Mi nombre es Hache y soy el tipo más importante de tu vida.

¿Qué por qué te digo esto? Vamos por partes. En este momento debe haber dos mil preguntas pegadas al paladar como arequipe. Imagino que quieres que te responda por qué mierda te estoy llamando a decirte esto. Tal vez te estés preguntando "¿acaso este cabrón está loco?". Pues no. No estoy loco. Ni tampoco soy uno de esos fanáticos religiosos que advierten que el Apocalipsis está cerca.

No me preguntes cómo conseguí este número. Ya sé que nunca le das el teléfono de tu casa a nadie y aún así resulta que yo te estoy llamando. Hey no, no vayas a colgar...te lo advierto. De verdad quieres hablar conmigo. Tengo algo muy importante que decirte y si me cortas estás por tu cuenta, imbécil. No te pienso repetir esto.

Ya te dije quien soy. Me llamo Hache. Qué... ¿tienes mierda atascándote las orejas? ...Resulta que soy el tipo más importante de tu vida por una simple razón. Yo saco la basura y, viejo, tú si que tienes mucha. Así que cálmate, deja de gritar sandeces y empieza a escucharme.

Espero que estés sentado idiota. Estoy a punto de meterte una jodida bomba nuclear por la nariz. La cosa es así: estás a punto de morir. Sólo estás vivo por un error que no pienso cometer de nuevo. Necesito corregir ese pequeño desliz y para eso, aunque me resulta bastante complicado hacerlo, necesito tu ayuda.

Oye, ya te dije que te calmes. No me gusta repetir las cosas que digo. Quiero que hagas silencio ahora mismo antes que comiencen a salir sapos por tu culo, cabrón.

¡Así me gusta, amigo!. Callado y atento. Es bastante simple la verdad...Te lo voy a explicar en los términos más simples que pueda: tú no existes. De hecho nada de los que conoces existe. Ni el teléfono que tienes en la mano, ni esa putilla desnuda en tu cama. Ni siquiera la heroína que te acabas de inyectar.

¿Ahh, crees que es eso? ¿Qué esto es porque estás muy drogado y borracho? Esperaba que dijeras eso para poder probarte que tengo la maldita razón. Mira por la ventana...Oye, ¡no me contradigas! MIRA POR LA JODIDA VENTANA MARICÓN.

Y ahora te quedas callado. Dime algo, chico. ¿Ahora me crees? Sí payaso, ese allá abajo eres tú. Mírate con cuidado. Eres tú quien está parado al otro lado de la calle. ¿Qué cómo es posible? No, no estás enloqueciendo, amiguito. Walt Disney estaba enloqueciendo, ¿tú? Tú sólo estás enfrentando la verdad.

Estas en dos lugares al tiempo porque así lo quiero yo. Resulta que eres parte de mi imaginación, así como todo el mundillo ridículo en el que vives. Sí Andrea también es irreal. Y tu mamá y tu carro y la mierda que cagas.

¡No¡, no somos la misma persona. Qué limitado eres. Eres realmente una de las personas más idiotas de por allí. ¿Acaso crees que sería tan patético de ser igual que tú? Carajo, parece que no me oíste al principio. Soy Hache. El hijueputa rey del mundo. Puedo hacer todo lo que quiera. ¿Acaso no lo ves? Soy igual que Dios.

Dile a esa perra que se calle. Ella no tiene nada que ver con esto, no le interesa con quién estás hablando. Quiero que le digas que se meta en sus propios asuntos. Oye, a propósito. ¿Ella sabe de Andrea? No, imagino que no tiene idea de que eres casado. Al menos hiciste una cosa bien en tu inútil vida. Debo admitir que ese es un buen pedazo de culo el que tienes allí. La frígida de Andrea no se le compara.

¡Mierda! ¿Qué acaso la zorra esa está igual de drogada que tú? Dile que se calle ahora mismo. No me vas a colgar. ¡Mándala a callar ahora mismo! Dile a esa cerda que te acabas de follar que necesito...no, que ordeno que guarde silencio ahora mismo.

¿Qué carajos quieres decir con que la deje por fuera de esto? Yo hago lo que se me viene en gana. No seas insolente. ¿No te he demostrado ya de lo que soy capaz? ¿Sabes qué? Si quieres que algo quede bien hecho, hazlo tú mismo. Yo mismo callaré a esa loca.

Ahhhhhh, mucho mejor. No soportaba más el cacareo de esa gallina. Claro que está muerta estúpido. ¿Crees que estoy jugando? Ya te lo dije antes. Yo mando aquí. Tú mundo es MI jodido mundo. Eres apenas mierda de perro untada en mis zapatos.

Bien, cortemos las estupideces por un rato. El motivo por el que te llamé va más allá del simple placer de escuchar como enloquecesa así que escucha con cuidado: necesito que te mates.

Sí, necesito que te pegues un tiro en la boca, que te ahogues en el inodoro, que claves la cabeza en el horno, que te empujes 300 valium, la verdad me da lo mismo. Sólo que necesito que sea esta noche.

No te importa por qué, sólo hazlo imbécil. Córtate las venas en la bañera. No, no puedo matarte. ¿Acaso crees que pasaría por todo este mierdero si pudiera partirte un rayo en la crisma? No seas imbécil. No puedo matarte a ti, pero puedo hacer puré a todos los que conoces sólo con escupir. ¿No viste lo que le hice a la perra con la que dormiste? Puedo hacer que te quedes completamente solo.

También puedo hacer otras cosas. ¿Qué te parece si la heroína que tienes debajo del lavadero ya no estuviera allí? Jeje, apuesto a que pelarías todas las paredes sólo para tener algo que inyectarte ¿no? Ó, ¿qué tal si el bus en el que viaja tu hijo al colegio se va a un barranco? Eso sí que sería interesante ¿no te parece? Pero, no tengo mucho tiempo y eso no sería bueno para nadie. No me gustaría llegar a eso.

Así que piensa. Sé que no acostumbras a hacerlo muy a menudo, pero haz un intento. Espero que estés muerto antes de las 9:00 de esta noche. De lo contrario ya sabes lo que puede pasarte. Ya deja de llorar. Al menos conserva tu dignidad, si es que sabes qué es eso.

Es todo por ahora. Ahora voy a colgar y quiero advertirte algo. No le digas a nadie de esto, ¡a nadie! ¿entendido? Solamente muérete y deja que los que valemos la pena seamos felices de una buena vez.

Freud no era más que un viejo senil



Me enamoré de una chica morena. De ella me gustaba todo. Su cabello largo y ondulado, como las olas del mar; sus ojos redondos como avellanas, su piel infinita y esas piernas tan misteriosas y peligrosas como las dunas del Sahara.

Fue un error amarla, porque un tipo de hombre como yo no tiene oportunidad frente a mujeres como ella. Me falta coraje y me sobra rutina. A mi favor tengo 1.74 centímetros de puro rock ‘n’ roll y pastillas para dormir, pero eso nunca será suficiente para ser de la misma estatura de alguien que puede, con tranquilidad, enmarcar su foto del pasaporte.

Por su culpa me dediqué a escribir. Allí estoy a salvo, tengo menos acné, hablo fluidamente de política y de sistemas económicos mundiales. Cuando escribo no tengo tanta grasa acumulada alrededor del vientre y soy capaz de liberar los tigres del zoológico de Nueva York.

Pero ella es peligrosa. Hace que el fútbol no sea más que un circo de idiotez y que el esmalte de uñas sea tema de un libro de 500 páginas. Es ese tipo de personas que de seguro puede bailar tango como si hubiera nacido en Buenos Aires y que pueden leer a Heidegger de una sola sentada.

En fin, ella es alguien con estrella, una de esos pocos que nacieron en el lado bueno del mundo. Alguien que te puede tener amarrado en la punta de su índice y llevarte a todo lugar. Alguien inmune al olvido y a los escritores de mala reputación.

Pero, no yo. Soy un gato vagabundo con mil tejados que andar. Un perro sin correa ni placa. Cargué muchas maletas de niño y siempre fui malo para elegir un buen champú.

Mi amor es de un corazón cobarde. Que pide mucho y entrega poco. Sólo quiero que ella muera por mí, que despertemos juntos y colar café para desayunar. Pero, las chicas morenas no hacen mercado los domingos ni planchan camisas. No. Ellas inspiran poemas, se acuestan tarde los viernes y pueden enloquecer a 200 hombres sin llegar a besar a ninguno.

Por eso me quedo entre mis páginas en blanco. Ese es mi mundo y allí soy el maldito rey. Ninguna morena con ojos de avellana y senos como toronjas puede joderme. Escribiendo soy un pirata y asalto barcos. Me llevo mis botines a la Isla del Cuello Cortado. Pero, la verdad es que ella es una reina de Senegal y yo sólo un marinero ladrón.

En el mundo real tengo poco que ofrecer. Un par de jeans rotos, una envidiable colección de cd’s de Led Zeppelin y unos cuantos trucos de vudú, al mejor estilo de Nueva Orleans. Eso es todo. Además, soy un tipo de necesidades modestas: mi arte y mi sustento. No hay lujos aquí. Así que conmigo las cosas se mantienen básicas.

Y ella ya no está. Supe que se mudó a Montreal hace unas semanas. Alguien me dijo que estaba cansada de poetas de a peso y del incremento demente en el precio de los buses. Dijo algo sobre mejorar sus ingresos y se largó. Bien por ella.

Este sitio no es para alguien así, tan capaz de hacer el mundo chiquito con sólo batir su cabello perfumado. Supongo que quienes saben escoger bien su champú la tiene hecha en Montreal y los que no, pues bueno, tenemos miles de hojas en blanco para insultar a Freud.

10-15 en noche de sábado



Todo lo que se oía era 10-15 en noche de sábado y luego el drip, drip, drip de las gotas de lluvia cayendo sobre el pavimento. La noche olía a humo de cigarrillo y, de pronto, un poquito a café negro, aún sin colar.

El drip, drip, drip de las gotas rompía la noche, roja por la luz del farol. Debajo de él una puta suspiraba. Hacía calor porque la lluvia era caliente. La noche roja y la puta roja, también.

Me dijo “soy Roxanne y ando buscando un tipo de buen corazón que me lleve a ver a mis hijos a París”. Le dije que yo no era ese, que París estaba al otro lado del mundo y que solamente quería cerrar los ojos y escuchar las gotas de lluvia y 10-15 en noche de sábado.

Un gato gris me ofreció un trago de vodka y me dijo: “Tenga cuidado, amigo, hay un león suelto por ahí. Dicen que tiene hambre, pero como aquí no hay nada que comer, de pronto se lo come a usted”, y se marchó. Creo que iba cantando algo sobre el socialismo.

La puta se sacó un paquete de cigarrillos del escote. Mientras buscaba el encendedor en su bolso de cuero de cocodrilo recitaba un poema de William Blake. Primero bajito, como susurrándole a alguien a su lado. Luego más fuerte y más y más fuerte.

Yo la miraba mientras me bebía el vodka que me había pasado el gato gris. Gatos borrachos. Qué locura. La puta gritaba y gritaba a Blake. Abría los brazos y giraba y las gotas de lluvia caían sobre ella. La patrulla repetía 10-15 en noche de sábado.

Se ponía a llorar con Blake en la garganta. Luego se reía y giraba, con los brazos abiertos. 10-15 en la noche de sábado que olía a cigarrillo y a café negro aún sin colar. Un trago de vodka, la noche roja. Leones hambrientos y putas poetizas.

Yo no tenía a dónde ir. La ciudad y yo allí parado, escuchando a Roxanne, queriendo llevarla a París, queriendo pedirle un poco de su cigarrillo. Queriendo respirar un poco de su poema.

Pero no hice nada. No tenía a dónde ir. El león con hambre y sin qué comer, el faro, la luz roja, la esquina. Un vodka para los muertos, un vodka por los muertos. De nuevo el gato borracho. Me ofreció un paseo por los tejados y le dije que no. Se fue cantando algo sobre el socialismo.

¿Qué decía ese cartel? Algo sobre el Rock ‘n’ Roll. Algo sobre largarnos de allí. Quería un cigarrillo, pero todos estabamos muertos ya y 10-15 en noche de sábado.

La balada de Alice y una copa de bourbom



Me pasé la noche bebiendo de una copa rota. Bourbon de la mejor calidad. No podía creer que ese lugar de mala muerte hubiese un trago tan bueno. Ni siquiera había moscas en ese apestoso sitio. Lo encontré en el último maldito rincón de la ciudad.

Estaba demasiado ebrio como para irme. Además, no estaba seguro de a dónde había dejado mi carro. Le pedí al mesero otro vaso lleno de lo mismo. Me miró como diciéndome: “no te serviré más, mugroso borracho”.

Le sostuve la mirada por un par de segundos. "Dame una excusa para partirte el culo, desgraciado", pensé. No me dijo nada y empezó a servirme. Le pedí que dejara la botella.

El barsucho aquél parecía un saloon del viejo oeste. Sucias mesas de madera, con ceniceros llenos de viejas colillas y escupitajos. Yo estaba sentado en la barra. El mesero era un tipejo flaco, de cabello largo y una barba ridícula. Como la del coronel de Kentucky Fried Chicken. Calculé que debería tener unos 55 años. Y que llevaba 40 sirviendo tragos allí.

Le di un buen sorbo a mi bourbon. Carajo, qué buen trago. Me metí la mano al bolsillo izquierdo del pantalón. Siempre guardaba mis cigarrillos allí. Pero no estaban. En la mañana, antes de que se rompiera la tubería del baño, me había fumado el último. Putas cañerías, sólo los plomeros se interesan en ellas y yo no era uno, así que ahora mi casa era una pecera. Una en la que este pez no siente deseos de nadar.

Mierda, de verdad necesitaba algo de humo. No podía desperdiciar ese whisky. La última vez que bebí uno tan bueno fue en Singapur. Viajé en un barco de carga hasta allá. Trabajaba transportando basura a bordo de 25 metros de chatarra flotante. En aquella ocasión llevábamos dos toneladas de bananos colombianos a un tipo quería darle una fiesta sorpresa a una gorila que había traído desde África. Maldito loco. Quiero decir, he hecho cosas estúpidas en mi vida, pero ¿pasar vacaciones en África?

En el fondo del antro vi a una chica fumando. Esos cigarrillos eran de la marca que me gusta. Bien, nunca fui bueno hablando con mujeres en bares, pero estaba lo bastante borracho como para hacer una excepción. Y, sí que necesitaba una buena calada.

Cuando me paré del asiento casi me parto la cabeza. Me acerqué a la mujer dando tumbos. Todo se iba complicando con cada paso que avanzaba. Era de verdad bonita. Tenía el cabello ondulado y amarillo. Llevaba una blusa oscura con un profundo escote. Creo que Pamela Anderson podría haber sentido envidia. La mesa le ocultaba las piernas, pero estoy seguro de que habría dado mi brazo derecho por meterme entre ellas.

Fumaba despacio. Por un segundo me pareció estar viendo a una de esas mujeres que salían en las películas de detectives de lo años 30. Excepto que yo no era Humphrey Bogart y ella no sería ningún problema para mí, sólo quería un cigarrillo y regresaría a mi bourbon.

Llegué hasta su mesa sin caerme o vomitar. “Hola, pequeña”, le dije. “¿Acaso tienes otro de esos bebés que me obsequies?” Le señalé la cajetilla que tenía junto al vaso. Creo que estaba tomando vodka tonic. “Sí, desde luego”, me dijo. “Pero, dime algo...¿sabes el nombre de esa canción?”.

Carajo ¿había música? “No tengo ni idea”, respondí. Me miró directo a los ojos. Tenía una mirada bonita, de esas que te encoge el corazón, pero no sabes si es porque te está viendo directo al alma o porque, en realidad, no te está mirando a ti.

“¿De verdad no lo sabes?”, insistió. “Mira linda, sólo quiero un cigarrillo para acompañar mi whiskey. No me interesa quién carajos es ese sujeto, ni tampoco qué dice”, me tambaleaba mientras le decía eso.

“Es Tom Waits. La canción se llama Alice y la escribió para mí”. Enseguida me pasó la cajetilla de cigarrillos. Aplastó el que se estaba fumando en su vaso de vodka tonic, se puso de pie y salió del bar sin decir nada más.

Por un segundo quise correr tras ella y pedirle perdón por ser un jodido ignorante. Las piernas no me respondieron y tuve que sentarme

Le grité al mesero que me llevara la botella hasta esa mesa y que le pusiera volumen a la canción. Me lanzó una mirada de odio desde la barra. Malditos meseros, no tienen una puta idea de música ni de mujeres. Era Alice de Tom Waits, una canción para ella. La balada justa para una copa de bourbon.

Sobre excusas y oportunidades mientras se acaba el tiempo


In Memoriam: Diego Joan Gómez

Cuando alguien se va de casa, y te quedas solo, debes vender algunos muebles para pagar la renta o para que no te corten el agua. Cuando un amigo muere encuentras excusas. Puedes ahogarte en alcohol todo el día, faltar a tu trabajo y dejar de bañarte por un par de semanas.

Pero, nada de eso cura el dolor. A veces lo que verdaderamente funciona es o hacer llorar a un payaso o embarazar a la mamá de alguno de los viejos profesores de biología.

Sin embargo, nada supera lanzarse frente a un auto en movimiento. Quedar desparramado por una transitada autopista sí que debe ser una buena terapia para aceptar la muerte.

De cualquier forma tu hora final está cerca. En este momento, en siete esquinas diferentes debe haber algún tipo cargando un revólver. Eso son siete balas con tu nombre en ellas. Tarde o temprano, caminando por ahí, doblarás en una de esas esquinas.

Cuando un amigo muere el dolor te pasma. La lengua se duerme y hacerse la paja parece un pecado. Pero, también encuentras oportunidades. Puedes elegir actuar como un cachorro perdido para que aquella chica de la oficina, con las piernas tan largas como las carreteras del desierto, sienta deseos de cuidarte.

Se trata de voltear las cosas para tu maldita conveniencia. Si te dan limones, busca tequila. Si a tu amigo lo agujerean en la calle, sacude a alguna hermosa nena que sienta compasión por ti.

De cualquier forma, eres el siguiente en la lista para ser borrado. El dolor te pudre y aceptarlo como tal es venenoso, produce gangrena y duele en el pecho. Cuando un amigo muere la respuesta está en irse de parranda, en beber hasta que el carro de la basura te recoja del andén. Así se lidia con la tristeza: buscando excusas y aprovechando oportunidades.

Cuando alguien se va así, de repente, arrancado, pocas cosas valen la pena. En ese momento la religión es mierda de bebé, la fe es igual al corazón de una puta que cobre $2.000 por una mamada: insignificante. Solamente alguien esperando por ti en casa con una botella de whisky barato te puede sacar del fondo.

Pero, hay ocasiones en las que el hoyo es demasiado profundo. Ni las lágrimas de payaso ni una membresía en todos los bares del país sirven para algo. Llegan días en los que todos te quieren convencer de que lo que ocurre allá afuera está justificado. Hay quienes aseguran que la muerte tiene una razón valedera.

No mienten. Pero sólo quien muere entiende esas razones. Tú te quedas aquí, buscando formas en las nubes, contando grietas en las paredes, rompiéndote el cerebro y el corazón para comprender. Aunque, tranquilo, ya cruzarás alguna de las esquinas donde te esperan.

Carta a una desconocida


A veces me gusta pensar que soy un gato sin dueño que se escapa a beber vodka por los tejados y a mirar la ciudad por la noche. Tal vez alguna vez podrías acompañarme. Nos podríamos sentar por ahí y hablar de fantasmas o de películas hasta que salga el sol y podamos ir por más vodka.

Estoy seguro de que no crees que eso sea una buena idea. No importa, de cualquier manera no soy una buena compañía. A veces estoy demasiado triste y se me escapan historias de cuando todo era más fácil y todos mis cuentos tenían un final feliz.

Además, sé que no soy Mickey Rourke en Nueve Semanas y Media. Sin embargo, el día que quieras podemos sentarnos con una bolsa llena de cassettes mal grabados, unos cuantos cigarrillos, mentas y un libro que te guste, para que tengamos un buen tema de conversación.

Estoy seguro de que podríamos pasar semanas viviendo así: sólo los dos oyendo viejas canciones de Rolling Stones, mientras te muestro fotos de mi abuelo. Tienes que conocerlo. Ese tipo sí que vale la pena. Nunca conocí a nadie que pudiese comer tantos chocolates seguidos sin indigestarse y saber de memoria la historia del Soldadito de Plomo, donde el protagonista no muere.

Así que, piénsalo. Podrías pasar un par de buenas horas junto a mí, los recuerdos de mi abuelo y el dinero que me ha ganado jugando al billar. Prometo no contar chistes, hablar moderadamente y guardarme un par de secretos.